Pasé, como si fuera un escritor ruso del siglo XIX, todo el viaje de vuelta con la cabeza puesta en aquella mujer. Era absurdo, había regresado a los veinte años y a la literatura de salón por ver mi nombre en aquel brazo.
Traté de burlarme de mí mismo, traté de pensar en todo lo que me esperaba cuando regresara a Madrid, miré mi móvil varias veces, busque en mi agenda y comencé a preparar un artículo que llevaba tiempo atascado.
Aún no habíamos cruzado la sierra cuando me di cuenta de que todo era mentira, de que lo único importante en mi vida en esos momentos era recibir un mensaje de mi lectora. Tuve que confesarme que sí, que lo había hecho, que había escrito mi número de teléfono en la dedicatoria, y que ahora solo esperaba que mi móvil se retorciera en una vibración y que fuera ella.
¡Cómo he odiado siempre a los escritores que hacen algo tan ruin!, cómo me odiaba y, sobre todo, cómo esperaba noticias suyas.
Mientras tanto los paisajes pasaban por la ventanilla, y mi reflejo se mezclaba con todo lo que veía y pensaba, y la cabeza se me llenaba de historias en las que siempre aparecía aquella mujer hermosa de la que casi había olvidado su rostro, pero de la que recordaba su chaqueta de cuero negro y su coleta amarilla.
Poco antes de que me llamara ya había empezado a escribir.
Terry Salgado
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