Estuve veinte días con un sarpullido en la cara.
No quería salir de casa y mi madre consiguió que una compañera del instituto me trajera los deberes todas las tardes. Yo me ocultaba detrás de una puerta decorada con letras chinas sobre un fondo rojo intenso. Detrás de la puerta solo había libros, figuritas de metal, cajones con calendarios de bolsillo, sellos, cromos y otros objetos sin valor que mi padre había coleccionado desde niño y que ahora guardábamos en ese cuartito esperando un golpe de valentía para vendérselos a un trapero.
Lidia, que así se llamaba la compañera que me llevaba los deberes, llamaba siembre sobre las dos y cuarto de la tarde. A esa hora yo me preparaba como si fuera una cita, me peinaba, me ponía colonia, me apostaba como un centinela detrás de la ventana que daba al parque y la veía llegar con los libros de la mano, en dirección a nuestra puerta.
El timbrazo de Lidia sonaba como deben sonar las mentiras inocentes o las promesas que no se cumplen. Yo apuraba mi tiempo y me metía en el cuartito chino a la vez que mi madre giraba el pomo de la puerta de la calle.
Oía a Lidia muy lejana, su voz clara se hacía densa desde el otro lado de la puerta, el olor a tinta, a polvo y a papel viejo se mezclaban con la excitante presencia de aquella chica de mi clase contándole a mi madre cómo debía resolver las ecuaciones de segundo grado.
— ¿Cómo está Fernando? ¿Se recuperó ya un poquito?
— Está mejor, cariño. El lunes volverá a la clase, te agradecemos mucho lo que estás haciendo por él.
— No tiene importancia, vivo muy cerca.
Cuando se iba Lidia, mamá se llegaba hasta mi escondite, yo podía oír sus pasos acercándose y después sus nudillos golpeando maternalmente contra la puerta roja.
— Ya puedes salir, Don Juan.
Y yo seguía allí un rato allí dentro, disfrutando sin prisas de aquella ausencia tan cercana.
Juan Fernando Rendes, Lascas de tiempo
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