lunes
sábado
Cosas por todas partes
No sé si todo el mundo sabe que cuando uno se queda solo durante mucho tiempo, donde para los demás no hay nada se descubren cada vez cosas por todas partes.
Enrique Vila-Matas
jueves
Anabel fría
La primera vez que me acosté con Anabel me pareció muy fría.
La idea era tan simple y rotunda que traté de repensarla durante varios días. Traté de recrear la situación muchas veces y en todas me salía me salía el mismo adjetivo y la misma imagen, Anabel con sus manos frías, con su piel fría, con el vaho saliendo de su boca, con sus pechos cubiertos de escarcha, y yo y mi piel estremeciéndonos en medio de unas sábanas más frías aún.
¿Cómo podía haber pasado?
Fue ella la que me llamó, la que me citó en su casa y en su cama, la que salió a recibirme con un vestido rojo y corto, y labios rojos, y el cabello corto, pero en menos de media hora, antes de que yo hubiera entrado en calor ella ya había puesto en marcha la máquina de nieve.
Anabel fabricaba nieve bajo las sábanas de su cama. No supe como decírselo, ¿por qué fabricas nieve? ¿por qué la acumulas en la cocina, por el pasillo, en el baño?
No me atreví, fingí un resfriado y salí al salón a buscar mi ropa, resbalé dos o tres veces antes de salir de su casa. Cuando cerré la puerta le oí decir algo de saber usar las cadenas y de llamar al 112.
Terry Salgado, El informe amarillo
Convertirse en algo
En la vida y en el trabajo lo más interesante es convertirse en algo que no se es al principio. Si uno supiera al empezar un libro lo que va a decidir al final. ¿cree usted que no tendría el valor de escribirlo?
Lo que es verdad de la escritura y de la relación amorosa también es verdad de la vida. El juego merece la pena en la medida en que no se sabe cómo va a terminar.
martes
Como en una obra de teatro
Detrás del albergue, en mitad de la rotonda,
la hermosa enfermera vende amapolas en una bandeja,
y aunque se siente como en una obra de teatro,
lo hace toda formas.
The Beatles, Penny Lane
jueves
miércoles
De esta noche no pasa
martes
Evaluar el detalle
lunes
Ninguna parte
Nadie tiene un propósito, nadie pertenece a ninguna parte, todos vamos a morir.
Vamos a ver la tele.
Morty Smith en el episodio Interdimensional Cable (Rick y Morty)
domingo
Lo pulp
La doña presumía de lo que presumen todas las escritoras que no les gusta más que leerse así mismas o lo que escriben otros sobre ellas.
Decía en los dosieres que le gustaba la novela rusa y que disfrutaba mucho con las novelitas de kiosco, las pulp que su padre y su abuelo leían de pequeños y con las que le pasaron el amor por la lectura.
Por esa razón la doña creaba personajes maniqueos, llenaba las páginas de manchas de sangre y sudor y perfilaba a sus mujeres con piernas largas y tacones altos.
La altura no es algo que se elija, la altura se tiene.
Esa frase no es mía, es de uno de sus hombretones de puños de hierro y entrepierna abultada que asaltan los capítulos de una novela que tuvo más lectores que lectoras.La doña no sabe que lo pulp solo tiene lugar en los barrios y que allí sabemos que no tiene gracia.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
sábado
Las sobras
Una noche no había nada en la nevera, nada en los armarios, nada de comida por todo el departamento.Jorge no supo responder, no me dio ninguna explicación a cómo se había vaciado el refrigerador en cuestión de horas.
Me propuso pedir algo por teléfono. Pedimos comida china, nos reímos, olvidé lo de la nevera, le conté algo sobre mi niñez y él sonrió, me abrazó y me besó. Todo parecía verdad, aunque yo sabía que su cabeza andaba en otras cosas.
Al día siguiente bajé al súper y compré mucha comida, un muchacho desgarbado y con el uniforme roto subió el pedido a mediodía, me sonrió y me habló sin mentiras, me enterneció, le abracé y se quedó rígido como un palo. Seguro que luego iría hablando de mí a sus compañeros. Diría que estoy loca.
Cuando regresó Jorge traía varias bolsas con comida. Se enfadó por no haberle dicho que yo misma haría la compra y se marchó con sus bolsas sin decir nada, ni a dónde iba.
Preparé el almuerzo para dos, pero no regresó hasta la noche. Se acostó sin decir nada y yo me fui a casa de mis viejos. Al día siguiente volví y la nevera estaba de nuevo vacía, le pregunté y no supo decir nada coherente.
Después volvió a marcharse y yo comí las sobras del día anterior.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
jueves
Interludio
Estuve encontrándome con Lorenzo durante muchos años la tarde de Nochebuena. A los dos nos parecía un momento extraño, un interludio sin nombre, unas horas fuera del tiempo.
Estar fuera del tiempo está al alcance de muy pocos, de algunos locos, de casi todos los místicos y de todos los muertos. Los demás no encontramos, casi nunca, ese margen inasible.
Nos veíamos en un hotel viejo en La Lucila, poco antes de la hora de almorzar. Lorenzo siempre estaba allí y yo siempre le hacía esperar unos minutos sentada en un banco, mirando el reloj.
Nazaré Lacano, Cuentos de Parque Chas
miércoles
Cambiar la cerradura
[…] quisieras regalar todas las noches que
conducen a ninguna parte, a rostros que jamás conociste;
sombras pasando por la puerta de tu casa. Quisieras
cambiar
la vieja cerradura,
si es que aún
estás a tiempo.
Antonio Luis Ginés, Costumbre
martes
Ultramar
Después del maravilloso trabajo haciendo del rostro blanco de una escritora negra pensé que Europa era jauja, que España era el paraíso y Madrid el escenario donde se desarrolla la historia de El traje nuevo del emperador con la particularidad de que aquí todos van desnudos y solo de vez en cuando se ve a alguien vestido quien, primero se avergüenza y después pasa desapercibido.
Yo llegué a España vestida de muchachita culta de ultramar, pero aquel trabajo me quitó la ropa como un amante ideal, de forma salvaje. Pensé por un momento que la vida era eso, que Madrid era un carnaval y solo había que saber ponerse el disfraz adecuado. Todos creemos que sabemos hacerlo, pero hay que tener habilidad y cierta dosis de suerte.
La suerte se me agotó a los dos meses y habilidad nunca tuve.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
lunes
Un mundo como otro cualquiera
Mi hermano Alberto cayó al pozo cuando tenía cinco años. Fue una de esas tragedias familiares que sólo alivian el tiempo y la circunstancia de la familia numerosa.
Veinte años después, mi hermano Eloy sacaba agua un día de aquel pozo al que nadie jamás había vuelto a asomarse. En el caldero descubrió una pequeña botella con un papel en su interior.
Éste es un mundo como otro cualquiera, decía el mensaje.
Luis Mateo Díez, El pozo
Zahorí
Miguel ÁngelLa última vez respondió en 30 minutos.
Sierro (Almería)
DescripciónSe ofrece zahorí con experiencia para la localización de agua Subterráneas, se detecta profundidad, calidad y caudal del agua.
sábado
Inés Martell
Encontraron a la presunta asesina comprando en una tiendecita de barrio. Preguntaron a una vecina junto al portal y, tras dudar un segundo, les indicó dónde estaba.
— Ha sufrido mucho, no le hagan nada.
Darío y su compañero entraron en la tienda y esperaron su turno. La mujer estaba en la otra punta del mostrador revisando un docena de huevos para asegurarse de que ninguno estaba roto. La tendera les atendió con desconfianza.
— Buscamos a una mujer que se llama Inés Martell.— No sé, no conozco a mis clientas por el apellido.
Inés se acercó a ellos con la caja de huevos.
— Mariela, hay dos rotos.
Darío la miró. Era más joven de lo que había imaginado, su cabello era muy moreno y lo llevaba suelto, no tenía aspecto de haber matado a su marido.Le dejaron sitio para que la dependienta revisase la caja de huevos. Darío carraspeó antes de hablar.
— ¿Es usted Inés Martell?
Inés le miró con amabilidad, pero fue la tendera la que habló.
— Espere un momento, estoy atendiendo a la señora.
Darío dejó que acabara de hacer la compra y después le pidió la documentación.
— ¿Me permite ver su carné de identidad?— No lo llevo encima, pero yo soy quien buscan.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
martes
Nombre de amante
Compramos media docena más de croissants que el camarero metió en una bolsa marrón con el logotipo de la cafetería.
La chica se alejó un momento para despedirse de sus amigos. Imaginé una escena rocambolesca en la que nadie entendía nada, pero todo fluyó con naturalidad y a los dos minutos ya estaba a mi lado, junto a la barra, justo cuando el camarero me daba el cambio.
— Me llamo Martina— me dijo con una sonrisa inmensa.— Yo soy Nazaré.— Nazaré, ¡qué bonito! Tienes nombre de modelo de pintor, mejor dicho tienes nombre de la amante de la modelo de un pintor.
Salimos a la calle. Aún hacía frío y Martina, que solo llevaba su vestidito de bailarina se encogió en un gesto reflejo para tratar de guardar el calor.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
Nacer y morir
Un cuentito con aires de novelita negra en el que dos mujeres jóvenes e impresionables huyen de la realidad ocultándose en una metáfora de sí mismas.
No seré yo la que juzgue el cuentito. Solo diré que en el momento de leerlo, en vez de quedarme impresionada me quedé como se deben quedar las piedras cuando se enfrían después de un cataclismo. Es decir, me sentí nacer y morir a la vez.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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lunes
La última línea
La Doña tenía un cuento sobre una novia abandonada que acude a espiar el banquete nupcial de su exnovio.
Cuando lo leí me pareció excelente, después fui al baño, volví a la cama, me acomodé y volví a leerlo. Sin duda era una basura.
El cuento comienza con la mujer despechada paseando por la ciudad la mañana de la boda. La Doña aprovecha el paseo para explicarnos que la chica lleva la ropa interior que el novio le regaló cuando aún estaban juntos y eran felices. Es su manera de ponernos en antecedentes.
La ciudad pude ser cualquiera, pero es Buenos Aires.
Los pasos llevan a la mujer hasta la puerta del restaurante donde se celebrará el banquete, se imagina a su novio entrando de la mano de una chica mucho más hermosa que ella. La mujer la conoce, sabe que es más hermosa que ella.
Espera un rato frente al restaurante, es muy temprano y ni siquiera ha abierto sus puertas. Es tan temprano que los novios aún deben dormir, cada uno en casa de sus padres, esperando nerviosos la llegada de la ceremonia.
Cuando la mujer piensa que debe dejar de atormentarse y volver a casa, oye unas voces. A su espalda llegan tres hombres vestidos con enormes delantales blancos transportando una tarta enorme. Es la tarta nupcial. La mujer sabe que es su oportunidad, que no se le va a presentar una ocasión así en la vida.
El cuento parece perfecto, pero la doña lo estropea, lo malogra vilmente en la última línea.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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Chasquido
Darío no soportaba la violencia. Por eso salió en cuanto pudo de las calles y se convirtió en inspector.
No sabía hasta qué punto le parecía un infierno la violencia hasta que la sintió encima.
En una ocasión tuvo que intervenir en una pelea en Padre Mugica.
Iba uniformado, con sus grilletes plateados resplandecientes y su pistola virgen. Alguien, una mujer, llamó a emergencias porque unos tipos habían entrado en un bar y estaban agrediendo a otro hombre. Después se sabría que fue por un asunto de apuestas y de plata.
Darío estaba de patrulla con un compañero que, con intención de asustarle, le iba explicando las aventuras escabrosas que había corrido por el barrio. Darío ensayaba sonrisas y miraba a través de la ventanilla, como buscando a alguien cometiendo un acto ilegal. Sonó el chasquido de la emisora y la centralita les comunicó lo del altercado en Palermo. El conductor giró el automóvil 180 grados y Darío tuvo que agarrarse donde pudo.
La calle estaba llena de gente que apenas se apartaban a su paso, Darío llevaba un nudo en la garganta y se tocaba el arma porque temía que se la robaran. Era la una de la madrugada de un viernes. Una mujer joven se le abalanzó "¡Lo van a matar, agente, lo van a matar! El compañero apartaba a los mirones mientras Darío caminaba sin mover el cuello.
En el bar había un silencio extraño, como si allí no estuviera ocurriendo nada. El compañero le pidió a Darío con un gesto que abriera la puerta. Darío lo hizo y en ese momento sintió en la cara el golpe de una barra de hierro.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
domingo
Los restos de la fiesta
En mi casa, desde chica, mi viejo era quien se dedicaba a quitar los adornos cuando terminaba la navidad.
Mamá y yo colocábamos el árbol a mediados de diciembre, poníamos unas bolitas que entonces me parecían maravillosas, y después estúpidas, y por último, cuando me fui de casa, maravillosas de nuevo.
Mamá y yo colocábamos el árbol y mi viejo lo quitaba porque a nosotras nos daba una pena íntima y extraña, de fin de fiesta.
Yo daba por hecho que papá no sufría, que era menos sentimental, que no le importaba recoger los restos de la fiesta mientras nosotras dormíamos.
Cuando nos levantábamos el siete de enero no quedaba ningún rastro.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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