Dina vivía en un piso con un balcón enorme.
Era un cuarto o un quinto y nos pasábamos las tardes de verano tirando piezas de fruta a la calle.
Tratábamos de darle a la gente que pasaba y después nos escondíamos, en silencio, pero muy excitadas el interior de casa. Corríamos hasta el ultimo cuarto y nos metíamos bajo la cama.
Era un bloque muy grande y era difícil saber de dónde venían las piezas de fruta, pero una de las viejas del rellano empezó a sospechar de nosotras, se colocaba detrás de la puerta y amenazó con contárselo todo a los viejos de Dina.
Al día siguiente invitamos a otra niña al departamento, preparamos la fruta y Dina y yo salimos a la calle. Nos dedicamos a dar voces, a cantar y hacernos ver. Cuando subió una de las persianas y alguien pidió silencio, la niña del departamento comenzó a tirarnos la fruta a discreción.
Chillamos, lloramos, a Dina le dio un durazno en la cabeza y a mi se me llenó la camiseta de manchas de tomate.
La vieja del rellano era ahora la sospechosa.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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