viernes

Siete vuelos

Siete vuelos al día parece que no son muchos, pero ¿se han parado a pensar la cantidad de pasajeros haciendo algo y tan antinatural como viajar en siete vuelos?

Hacer y deshacer maletas, comprar pasajes, pasar por el control de acceso, sacar los pasaportes, tomar un café mientras esperan el embarque, hacer cola, entrar en la cabina, buscar asiento, sentarse y, lo más fácil, volar que, básicamente, es tener confianza en la tecnología y dejarse llevar.

Conseguí el trabajo de responsable de equipajes perdidos gracias a un viejo amigo al que no he vuelto a ver, a veces pienso en él y sonrío al imaginarlo desaparecido entre las maletas.

Por aquella época la ley de transportes decía que todo aeropuerto comercial debía tener un departamento de pérdida de equipajes atendido por una persona cualificada, así que a pesar de que solo llegaban siete vuelos al día se vieron en la obligación de contratarme.
Seguramente había gente más cualificada que yo para estar sentado delante de un mostrador con un formulario amarillo de tres copias, pero yo sabía dos idiomas y conocía a ese amigo del que les hablaba que a su vez tenía relación familiar con la mujer del jefe de personal del aeropuerto.

Hubo muchos días sin que nadie reclamara ni una triste maleta y yo pasaba las horas como podía. Me pasaba el día entre la cafetería y el puesto de venta de prensa, no porque me gustara demasiado ni el café ni los periódicos, pero entre las mesas de los cafés podía escuchar conversaciones que me llenaban de curiosidad y en el kiosco había una chica con una sonrisa que me llenaba de más curiosidad aún. 

Por entonces yo era muy curioso y muy joven.

Terry Salgado, El informe amarillo


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