sábado
Inocente
— ¿Cuál es tu nombre, rubita?
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viernes
Salir ileso de Madrid
Golpean con más fuerza y destrozan el tacón del zapato alto hasta hacerlo estallar en pedazos. Es la única capital en la que, incluso descalzos, las palabras se clavan en la planta de los pies.
Madrid lo tiene todo: la letra y el puño (americano), que embellece a los encantados de haberse conocido. No hay esquina ni revelación de paso de cebra de la que alguien pueda salir ileso.
Cosas que nunca he soñado
Era solo un piquito de mar, un ángulo azul en el extremo superior izquierdo de su ventana, pero para los hombres de interior como yo, ver el mar desde casa es algo así como una metáfora de lo salvaje, un especie de fantasía infantil o de utopía erótica.
Escribí a Adele sin pensarlo demasiado, quizás gracias al calor que me impedía dormir o a las cervezas que seguían golpeando mis instintos y ayudándome a imaginar lo feliz que estaría haciendo cosas que nunca he soñado, como pasear descalzo por la playa, comer pescado fresco y vivir con menos de lo que vivo.
Hola Adele.Me llamo Juan y vivo en España. ¿Cómo eres? Si quieres podemos ser amigos, siempre que tengas una edad suficiente para recibir cartas de un hombre adulto. Si no es así, olvídate de lo que acabo de decirte, sobre todo de la primera pregunta.
Sin duda era la carta de un borracho, pero de un borracho prudente.
Juan Fernando Rendes, Lascas de tiempo
jueves
Carne de Spam
La palabra está bien empleada, entre la basura uno puede encontrar objetos extraordinarios perfumados de un suave olor dulzón.Entre los emails desechados por mi ordenador había una dirección que se repetía, en ella aparecía el nombre Lolita, un apellido sospechosamente sonoro y una retahíla de números sin aparente sentido. Sin duda era carne de spam.
Lolita no era un enlace a una pagina porno, ni una joven rusa deseando encontrar a un español que le pagara el viaje a Madrid con la promesa de amor eterno.Puede que estuviera buscando algo de eso y que mi primera reacción fuera decepcionarme ante una especie de cartita inocente en la que una jovencita con acento latino buscaba algo así como un amigo, o el azar, o una de esas tonterías de adolescentes.
Me reí un rato y eliminé el mensaje, después salí a la calle e hice algunas de esas cosas que suelen hacer los hombres solos de mediana edad en Madrid, es decir, tomé unas cervezas, compré algo para cenar y hablé con unos amigos sobre un trabajo pendiente.
Volví tarde a casa y, sin darme cuenta, volví a mi correo basura para seguir leyendo a Lolita. Lo primero que supe es que su nombre era Adele. ¿Qué nombre de mierda era ese?
Juan Fernando Rendes, Lascas de tiempo
Simular
Cuando veía a Marcel Duchamp jugando al ajedrez en el Café Melitón de Cadaqués, no sabía que aquel hombre se había retirado de la pintura y había convertido su vida en una obra de arte.
Yo entonces tenía diecisiete años y sólo veía a un francés que jugaba todos los días al ajedrez. Fue unos años después cuando me enteré de que había estado viendo a un hombre sabiamente liberado de todas las ataduras estúpidas del arte.
No niego que hace tiempo que me tienta la idea de situarme en la estela duchampiana, pero creo que, de dar ese paso, necesitaría de un escritor que fuera testigo de todo, que me siguiera y lo narrara, es decir, tendría que contratar a un escritor que contara cómo abandoné la escritura, cómo me dediqué a convertir mi vida en una obra de arte, cómo dejé de escribir y no lo pasé nada mal.
Dos posibilidades ante esto: 1) pongo un anuncio y busco a un escritor que esté dispuesto a contar lo que hice después de haber abandonado la escritura; 2) lo escribo yo mismo: me invento a un escritor contratado que sigue mis pasos después del abandono y escribe por mí un dietario, donde piadosamente simula que no he dejado la escritura.
Enrique Vila-Matas, Dietario voluble
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martes
Pequeño destino
Fue entonces cuando súbitamente se acordó de las palabras informativas de la amiga, por teléfono: «Queda más o menos cerca del estadio de Maracaná». Frente a ese recuerdo comprendió su engaño de persona tonta y distraída que sólo escucha las cosas por la mitad, y la otra queda sumergida. La señora Xavier era muy distraída. Entonces, pues, no era en Maracaná el encuentro, era cerca de allí.
Entretanto, su pequeño destino la tenía perdida en el laberinto.
Clarice Lispector, La búsqueda de la dignidad
lunes
Historia de España XVII
Su simpatía era tan avasalladora y sus carcajadas tan bienhechoras que España cambiaba espectacularmente de la noche a la mañana, porque eran esos mismos taxistas de Madrid los que contagiaban la revolución de los claveles y la risa: una risa que, por arte del polvo mágico, se extendía hacia los obispos fundamentalistas y el personal de Iberia y acababa pulverizando literalmente la mala leche tradicional de los franquistas.
Y todo el país reía y reía. Ya no se escribían más novelas sobre la guerra civil y había una gran fiesta en la antigua casa trágica de Bernarda Alba.
La revolución llegaba a España a través de sus bases más trogloditas y contagiaba al resto de ciudadanos. La risa es el fracaso de la represión, se oía decir por todas partes. Y taxistas de Madrid y comandantes de Iberia se convertían en la élite intelectual más importante de Europa. Y todos reíamos. Los obispos españoles también.
Enrique Vila-Matas, Dietario voluble
viernes
Poca vergüenza
¿Qué tal Roberto?
Aprovecho mis cortas vacaciones para escribirte ¿sabes que estoy tumbada como una reina junto a la piscina del hotel? ¿y que me estoy poniendo al día con mi Nazaré Lascano? Estoy realmente feliz!!!
No he podido por menos que escribirte para pedirte (por favorrrr) el final de esas historias que vas dejando como mordiscos y que me ponen la imaginación a 100 y me provocan un hambre feroz de Lascano.
¿Por qué nos haces esto, Roberto? Es una técnica literaria o solo que nos quieres torturar?
Me he quedado muy pillada con la historia de Tina y sus fotos. ¿Sabes que yo misma hice algo parecido cuando era una jovencita? Era algo que casi tenía olvidado y el relato de Tina ha hecho que lo recuerde y me ponga colorada, ¿cómo pude hacer eso? ¡Qué cosas tenemos en nuestras vidas! ¿Sabes que he buscado y encontrado alguna de aquellas fotos? Qué ingenuidad y qué poca vergüenza jajjaja.
Si quieres te mando alguna para que veas que sigo siendo igual de inconsciente y que no te miento, pero ni hablar de publicarlas eh? Bueno podemos negociar un precio jajajaj.
Tengo un Blodymary a medias y se me están acabando tus últimos post, ¿te puedo encargar alguno para el verano? Pago bien.
chicadecente
miércoles
Una isla griega
Me manché.Caminé toda la tarde con una manchita amarilla sobre blanco de una blusa recién estrenada.
Era como una islita griega cerca de mi pecho, quizás a la altura del corazón.
— ¿No notaste nada? ¿Nadie te avisó?— Noté cómo algunos tipos miraban hacia mis pechos, pero ya sabés lo que pasa en la calle.— ¿Y cuando llegaste a la cita?— Luis apenas me miró, ahora voy atando cabos.— ¿Era nueva?— Me la regaló mamá el día de la madre.— ¿Te regala ella a ti el día de la madre?— Dice que así debería ser, que el concepto está equivocado.— ¿Y Luis?— Luis nada, me enseñó la pistola, la metió en una caja de zapatos y no me miró, ya te dije.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
Eco patriótico
Lo primero que hizo fue prender fuego al sofá de su casa, tenía 13 años.Yo lo conocía desde la primaria, fue en su época de quemar cosas. Después del sofá le llegó el turno a la bandera nacional que estaba en el vestíbulo de la escuela, junto a las escaleras, simplemente pasó y le pegó fuego, fue justo antes de la clase de inglés y algún imbécil gritó algo sobre Las Malvinas mientras la bandera ardía, muy épico.
Al Torri le echaron de la escuela un mes, pero antes el maestro de ciencias naturales le dio una torta que sonó en todo el vestíbulo con un eco patriótico muy intenso.
Nazaré Lascano Cuentos de Parque Chas
martes
lunes
Sonetos en la Gran Vía
Dieta literaria: de entrantes, refranes españoles; de primer plato, fragmentos presocráticos; de segundo plato, monólogos italianos, y de postre sonetos portugueses.
Benito Romero
domingo
Verano de interior
No sé qué tiene las tardes de verano en la Gran Vía que (casi) nunca te consigo ver.
Sergio M. de Lorenzo
viernes
La diosa mecánica
A mediodía salía a fumar con los chicos, pero siempre almorzaba con su viejo.
— No sé cómo te puede gustar trabajar en el taller.— Yo tampoco entiendo qué hacen en esas clases infames, con esos viejos babeando leyes y decretos.
Dina estuvo trabajando en el taller mecánico de su viejo desde que terminó la secundaria. Era muy buena en su trabajo, y habría estado mucho tiempo si no hubiera empezado a manipular las piezas de los autos.
— Cuando veo la ocasión coloco una pieza defectuosa en el auto de algún tipo.
Eso quería decir que Dina sabía en qué momento el auto iba a dejar tirado al conductor en medio de la carretera.
— ¿Estás loca? ¿Y si tienen un accidente?— Soy una buena mecánica, sé exactamente lo que va a ocurrirle al carro.— Ya... Dina, la diosa de los autos.— Soy una diosa y decido sobre la gente, te lo recomiendo Naza, te sentirás mejor.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
sábado
Nubes grises en el techo del salón
Esta mañana, nada más levantarnos, hemos visto las primeras nubes grises en el techo del salón, junto a la lámpara. Papá estaba sentado en el sofá, todavía en pijama, con ese gesto serio que se le forma en la cara los días de lluvia y mamá andaba tapando los muebles para que no se mojaran con el agua.
En casa, las lluvias lo mismo duran un instante, y enseguida asoma un arcoíris por detrás de la televisión, que se prolongan durante varios días.
Ernesto Ortega garrido, Días de lluvia
jueves
Integrarse en el ambiente
— ¿Por qué le dijiste eso? ¿ya estabas borracho?— Que va, lo hice sin pensar, sé que a los mexicanos les gustan esas cosas de la muerte y tal.— ¿Quisiste impresionar a un taxista del DF?— No, no. Esas cosas les gustan, pero no les impresionan.— ¿Qué te respondió?— Solo dijo ¿dónde le llevo caballero?— ¿Caballero?— Deben pensar que los españoles somos todos hidalgos por lo menos.— ¿Y dónde te llevó?— Le dije que me llevara a un sitio en el que hubiera chamacas y me pudiera divertir.— ¿Chamacas?— Me gusta integrarme en el ambiente, güey.— Qué mala pinta tiene esto.
Pablo J. Mendigurría, Viaje de vuelta
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miércoles
La humanidad
Durante un curso fui una mano inocente. No es una metáfora, recién salida de la facultad encontré trabajo en un programa de televisión matinal. Era una cosa infame, un programita de cotilleos y de noticias sensacionalistas con un presentador pasado de moda rodeado de jovencitas con minifalda.
El primer día quisieron vestirme con una de esas falditas, por suerte falló la niñita que sacaba una carta con un envoltorio de tomate frito y leía el remitente. A diario el patrocinador del programa regalaba una vajilla con un tomate estampado en los vasos y en el fondo de los platos. Quienes sean de mi generación recordarán esas vajillas.
Les gustaron mis manos más que mis piernas y a partir de ese día despidieron a la niñita y era yo la que sacaba a las doce en punto del mediodía el sobrecito donde un ama de casa había escrito su nombre con la ilusión de que le tocara la vajillita.
Aquel año la gente me reconocía por la calle "Ahí va la mano inocente", cuchicheaban cuando me veían y yo, que aún era muy estúpida, sentía algo así como que hacía algo por la humanidad.
Nazaré Lascano, Cuaderno español
martes
Cosas que no son obvias
— Las estadísticas indican que es una de las profesiones de mayor crecimiento. Las ciencias actuariales también experimentan un gran crecimiento.
— Está bien. Me gusta el equilibrio. Me gusta descubrir cosas que no son obvias. Además, mi papá era contador.
El contador (Gavin O'Connor, 2016)
lunes
domingo
Nadie debe saberlo
Busqué en la letra pequeña del catálogo. La empresa tenía una dirección en un polígono industrial de Barcelona. Me imaginé buscando a aquella chica entre naves de talleres mecánicos y artículos de metalurgia.
También había un teléfono. Llamé. Era un número de atención al cliente y tuve que inventar que era un publicista que tenía que contactar con el estudio fotográfico que había hecho el reportaje. Tartamudeé demasiado y me colgaron dos veces, al tercer intento me dieron el número de las oficinas centrales. Tuve que volver a contar mi historia otras tres veces, me inventé una empresa de publicidad 'Sol de Oriente' y que llamaba en nombre del director, un tal Emiliano Recalde. Me creyeron y acabaron facilitándome el nombre de una empresa de representación de actores y modelos con sede en Madrid.
Me estaba acercando.
Una mañana me corté el pelo, me puse una chaqueta de cuero negro y me fui hasta allí. Les dije que quería ser modelo, esperé en una sala llena de fotos de chicas sonrientes anunciando productos que prometían la felicidad.
Pasé a un despachito lleno de ficheros en el que una secretaria muy amable, con los labios más rojos que jamás había visto, me habló de la necesidad de hacerme un book y me extendió un impreso para que lo rellenara, yo saqué la foto de mi chica recortada del catálogo y la puse encima de la mesa.
— ¿Conoce a esta chica?
La secretaria miró la foto con extrañeza, después me miró a mí y me respondió con la última frase que esperaba oír.
— ¿Eres policía?
Para equilibrar la escena yo también respondí de la peor manera que se me ocurrió.
— Sí, pero no debe saberlo nadie.
Terry Salgado, Personajes de fotonovela. (Cuentos sin moraleja)
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Terry Salgado
sábado
El catálogo
Cuando tenía 19 años me enamoré de una de ellas.
No era una modelo espectacular vestida con prendas de lencería fina de color negro con medias y ligueros, no era una modelo de una marca internacional, solo era una chica de unos veinte años, sonriéndome desde la sección de ropa interior de un catálogo de una tienda de venta por correo que le llegaba a mi madre todos los meses y en la que se anunciaban prendas sencillas de colores inocentes.
Estuve ojeando ese catálogo en la cocina, mientras desayunaba y, cuando encontré a aquella chica me quedé con la mirada fija, incapaz de despegar los ojos de aquella foto.Tenía la piel morena, los ojos ligeramente rasgados, el pelo negro y ondulado, la nariz pequeña, y vestía un sujetador blanco a juego con unas braguitas. Nada especial, si acaso que sonreía, que me sonreía desde algún instante.
Recorté la hoja y estuve toda la mañana dándole vueltas a esa fotografía. Por la tarde decidí buscar a esa chica.
Terry Salgado, Personajes de fotonovela (Cuentos sin moraleja)
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