— Le dije al taxista que estaba muerto, que yo estaba muerto.
— ¿Por qué le dijiste eso? ¿ya estabas borracho?
— Que va, lo hice sin pensar, sé que a los mexicanos les gustan esas cosas de la muerte y tal.
— ¿Quisiste impresionar a un taxista del DF?
— No, no. Esas cosas les gustan, pero no les impresionan.
— ¿Qué te respondió?
— Solo dijo ¿dónde le llevo caballero?
— ¿Caballero?
— Deben pensar que los españoles somos todos hidalgos por lo menos.
— ¿Y dónde te llevó?
— Le dije que me llevara a un sitio en el que hubiera chamacas y me pudiera divertir.
— ¿Chamacas?
— Me gusta integrarme en el ambiente, güey.
— Qué mala pinta tiene esto.
Pablo J. Mendigurría, Viaje de vuelta
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