Algo ocurre en Madrid con las aceras.
Golpean con más fuerza y destrozan el tacón del zapato alto hasta hacerlo estallar en pedazos. Es la única capital en la que, incluso descalzos, las palabras se clavan en la planta de los pies.
Madrid lo tiene todo: la letra y el puño (americano), que embellece a los encantados de haberse conocido. No hay esquina ni revelación de paso de cebra de la que alguien pueda salir ileso.
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