martes

Solo fue divertido

Siempre se me dio bien ser otra. Pudiera parecer, entonces, que hacer de doble de aquella escritora oculta sería fácil. 


No fue fácil, solo fue divertido.


Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas

Usar un taladro

Corría el año 2007 y vivía de alquiler en Sevilla; mi piso tenía dos espacios: un salón-cocina y un cuarto de baño con azulejos celestes cuya ventana daba a la placita de San Julián. 

Dormía en el salón sobre un colchón tirado en el suelo. No sabía usar un taladro ni enmarcar una lámina, así que estropeaba pósteres caros clavándolos a la pared con chinchetas. Nunca conseguía colocarlos rectos y esta asimetría me atormentaba.

Toteking, Búnker

sábado

Personajes de ficción

— A menudo sus personajes hacen cosas porque sí.


Estaba de acuerdo, los personajes eran poderosos, pero actuaban como personajes, por impulsos, porque lo decía su autora, porque sí.


— ¿Vos no haces cosas porque sí?
— Puede ser, pero yo soy real, tengo ese derecho.


Me pintaba por haberme puesto a defender lo indefendible, por arrastrada, por estómago agradecido.


— Estoy de acuerdo.
— ¿Está de acuerdo en que sus personajes no tienen razones para hacer lo que hacen?
— Trato de darles una realidad que a menudo no merecen —hice una larga pausa— y eso provoca que acaben actuando de manera ilógica o se salgan del esquema. Sinceramente, es un defecto que no sé si podré corregir.


Las preguntas venían de una chica muy joven, llevaba lentes, era flaca y se agarraba a un bolígrafo para hablar. Se sonrió ante mi última frase.


— No digo que estén mal escritos, de hecho hay varios personajes que me los llevaría para casa, lo que ocurre es que me descolocan sus decisiones cuando no obedecen a nada.


Me gustaba aquella flaca.


— Ten cuidado.
— ¿Cuidado? ¿Con las decisiones que no llevan a nada?
— Con mis personajes, ¿los dejaste solos en casa?


La flaca se ruborizó, mordisqueó el bolígrafo e hizo como que apuntaba algo. Hubiera sido estupendo que ella o yo hubiéramos hecho algo ilógico, porque sí. Pero no podíamos, a esas alturas ya éramos ficción.


Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas


lunes

Los artistas

Odio a los artistas, por cierto. Sobre todo a los obsesionados con permanecer: aquellos que sueñan con que sus obras vivan más allá de los límites del cáncer.


Toteking, Búnker


Más sobre los hoyos

Las ideas sobre el espacio y el tiempo que deseo mostrarles hoy descansan en el suelo firme de la física experimental, en la cual yace su fuerza. 

Son ideas radicales. Por lo tanto, el espacio y el tiempo por separado están destinados a desvanecerse entre las sombras y tan solo una unión de ambos puede representar la realidad.

Hermann Minkowski, Discurso en la 80ª Asamblea de Científicos Naturales y Médicos Alemanes (1908)

El hilo del placer


En varias ocasiones me preguntaron sobre religión.

Yo me sobrecogía. Como una beata entregada o como una mística posmoderna. 
Se me erizaba la piel, me excitaba sexualmente.

Creo que se me notaba porque sacaba la lengua y me la pasaba por los labios, me di cuenta después, viéndome en algunos vídeos, era patética y hermosa como una virgen del barroco.

Lo hacían por mi supuesto apellido, que en realidad era un doble engaño y una doble trampa. Evidentemente yo no era yo, pero es que además la escritora a la que representaba utilizaba un nombre falso, no un seudónimo, un auténtico nombre falso que le permitía escapar de alguien y a la vez vender más libros.

Identificarla entonces con una religión determinada por su apellido era una estupidez, también doble.

Pero aquello me ponía a cien.

— Sí, escribo desde la religión, pero como escribo desde la ensalada de aguacate que comí para almorzar, desde mis suspensos en matemáticas en primaria, desde mi incapacidad para dormir antes de las tres de la mañana, desde los traspiés que doy constantemente en las aceras, desde el aliento que me echan los pasajeros en el subte, desde los informes de lectura que hice durante seis años, desde los ratos que paso sentada en la taza del váter tras el café del desayuno, desde las conversaciones con el mesero de la plaza de mi barrio, desde el terror a oír lo que dicen a mis espaldas, desde el tacto de las manos que tocaron mi sexo, desde todo lo que recuerdo y es mentira.

Aquello podía no tener fin. 

A veces oía toses nerviosas o el moderador me pasaba una notita manuscrita pidiéndome que parara y que yo leía en público. Paraba cuando me quedaba sin aire o se me secaba tanto la garganta que tenía que agarrarme a la botellita de agua y abrirla como si abriera champaña, y al descorcharla se me iba el hilo, y paraba, y se oían suspiros o risitas, pero también a gente con la respiración contenida y los ojos muy abiertos esperando que yo tragase y continuase, pero para entonces yo ya había alcanzado el clímax y había perdido el hilo del placer o lo que fuese aquello que acaba de pasar.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas

domingo

Rojo sandía

— Sus cuentos están llenos de hoyos ¿podría explicarnos por qué?

— No son ninguna metáfora o símil de la vagina, ni del acto sexual.

Hubo un murmullo en el patio de butacas parecido al de un estadio cuando el delantero local falla un penal.

 — Ni las braguitas rojas son una metáfora de la virginidad, por si era esa la siguiente pregunta.

 —¿Tienen esas figuras entonces un significado concreto o son aleatorias?

Creo que la pregunta me ofendió, como si realmente fuera la autora.

— ¿Aleatorias? Todo tiene un significado, nada es aleatorio.

Pensé que los editores podrían estar satisfechos con aquellas frases supuestamente ingeniosas que no decían nada, sin duda debía comprometerme un poco más.

— ¿Qué significado pueden tener, o tienen, entonces?

— Les daré algunas pistas, cuando encuentren ropa interior en una novela es posible que la autora hace tiempo que no se cambia de bragas. 

El murmullo era ahora más intenso, pero más apagado, si el olor a sudor tuviera sonido sería aquel murmullo. El periodista que me interrogaba se creció.

— ¿Y, entonces, los hoyos?

— Los hoyos nunca son un buen augurio. Los últimos auguraron un descenso en las ventas, por eso es que me han visto la cara al fin y he venido a España.

No me hizo falta mirar de nuevo a mis jefes, su caras rojo sandía, daban un fulgor que iluminaba el escenario. 

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas




jueves

Gracias por no opinar

Odio las opiniones. 

La vida que sucede al margen de las opiniones que insistimos en dar es maravillosa. Qué terribles son las opiniones. Todas. La mía la primera.

Toteking, Búnker

miércoles

Agua

Matilde era una novia que bebía agua constantemente. Se le secaba la boca desde que que conoció a su futuro marido y vio por primera vez el mar.

Matilde era de origen navarro, vio el mar en Guipúzcoa la víspera de San Juan, Ese mismo día conoció a Jon. No era mal tipo, a ella le pareció demasiado silencioso, pero sabía que los vascos hablan poco. Lo primero que le dijo es que iba a atravesar el mar, que al otro lado había mejor trabajo, más plata, menos miseria. Al ver tanta agua Matilde sintió que se le secaba la garganta.

Estuvieron veintidós días en el océano, se habían casado solo tres días antes de la partida. Compartían camarote con otras dos parejas de recién casados que hacían el amor todas las noches. Matilde fue incapaz, solo tenía sed.

Cuando llegaron a Buenos Aires fueron directos a hacerse la foto de novios, Renato acaba de abrir su estudio, Matilde le pareció muy bella, su acento era cortante pero su voz muy dulce. Solo sabía pedir agua. Jon no dijo una sola palabra.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas

Como Nietzsche

De aquella colección de fotos salieron personajes que solo podían ser de ficción y a los que exprimí todo lo que supe.

De allí salió Lorenzo.

Fue emocionante verlo de niño, y verlo de militar y de novio.

Lorenzo fue el primero al que busqué, antes que a mis viejos, antes que a mis amantes, antes que a nadie.

En aquellos retratos podía controlar el tiempo no es una puta metáfora, podía controlar el tiempo, realmente, como Nietzstche, y lo hice.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas



Ella es dormida

Inventé, inventé mucho durante aquella campaña de la escritora argentina, inventé tanto que perdí mi trabajo. Yo ya lo sabía, era justo, lo estaba provocando, por suerte me pagaron para evitar el escándalo. 

Oí decir que les había salido rana. Me gustó. También les oí decir que era lo mejor que les podía haber pasado, que le había dado un giro o un impulso o no sé que mierdas a la carrera de esa calientapollas.

No me importó ni beneficiarles ni perjudicarles, solo me importaba inventar y aquella oportunidad era inmejorable. Lo pasé como nunca.

Todo se torció cuando empecé a cambiarle los títulos a los libros y explicar cómo yo quería que hubieran salido hacia la imprenta y cómo salieron finalmente.

Los críticos, los profesores de literatura latinoamericana contemporánea, los traductores y los lectores pasaban del asombro al enfado y de ahí a la rabia, la aceptación y la alegría, una alegría infantil, un poco hijaputa, como debe ser una alegría de verdad. Solo los que viven en o a través de los libros pueden reconocerla.

El primer título que cambié fue Ella es dormida. Los que han leído el original con su titulito de mierda saben a cuál me refiero. Alucinaron cuando les dije que en medio de la novela sobraban veinte páginas que ellos mismos podían arrancar, que había dos personajes infames que estaban allí por orden del editor y que yo tenía tachados con tinta negra en mis copias. Se relamieron cuando les leí en episodio que faltaba antes del final y aplaudieron cuando por fin dije en quién estaba inspirada la mujer más tonta de la novela.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas



martes

El embrague

 — ¿Por qué utiliza tantas metáforas en su último libro de cuentos? ¿cree que la literatura es, fundamentalmente, una metáfora? Si tuviera que prescindir de ellas, de las metáforas, quiero decir, ¿sus historias se sostendrían?


No tenía más de treinta años, era profesor de literatura, colaboraba en varias revistas literarias y escribía poesía en una editorial de provincias. Era el encargado de dirigir un coloquio sobre mi obra, la obra de ella, en un centro cultural de una ciudad con costa.
Pensé que tenía razón, también que estaba harta de aquel trabajo. Había varios tipos que me miraban y se relamían no sé si por mí o por mis libros.


— Tiene razón. 


Dejé pasar el tiempo a propósito. El presentador tuvo que retomar el hilo de la realidad.


— ¿En qué tengo razón? — sonrió para dejar claro que su pregunta no era un ataque.
— En que uso demasiadas metáforas.
— Bueno — se ruborizó— no digo que sean demasiadas sino que son muchas.
— Muchas y demasiadas a menudo es lo mismo.
— No sé— volvió a sonreír.
— Yo sí, la literatura no es solo metáfora, la metáfora es solo una herramienta, un embrague para que la maquinaria fluya.
— ¿El embrague es una metáfora?

El público rio, yo también, aquel tipo me gustaba.

— En mi caso la metáfora es el desembrague.

Se produjo otro silencio, el profesor-presentador volvió a ruborizarse, esta vez era difícil salir de allí.

— Entonces ¿cree que no son necesarias? ¿Cree que puede haber literatura sin...?
— Puede y debe. Le diré una cosa, se lo diré a todos ustedes.


Sin pensarlo me levanté de mi silla y me dirigí al auditorio.


— Les prometo que en mi próximo libro no habrá una sola metáfora. 

Y entonces, sin venir a cuento, como si hubiera dicho algo interesante, el auditorio estalló en un aplauso largo y sincero.


Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas


viernes

Infinitos gestos de ternura

soy

la muchacha mala de la historia,

la que fornicó con tres hombres

y le sacó cuernos a su marido.


soy la mujer

que lo engañó cotidianamente

por un miserable plato de lentejas,

la que le quitó lentamente su ropaje de bondad

hasta convertirlo en una piedra

negra y estéril,

soy la mujer que lo castró

con infinitos gestos de ternura

y gemidos falsos en la cama.


soy

la muchacha mala de la historia.


María Emilia Cornejo, La muchacha mala de la historia

jueves

Farsante

Un fan me llamó farsante tras una conferencia con preguntas en el salón de actos de una universidad del norte de España.

Lo gritó cuando el moderador le retiró la palabra y el micro tras dos o tres preguntas un tanto desagradables.

— Señora ¿por qué nos hace creer que escribe bajo la idea del eterno retorno? ¿para repetir sus argumentos una y otra vez? ¿confunde el eterno retorno con la reiteración o quizás con la copia?

— Señora ¿por qué en sus libros las mujeres virtuosas siempre buscan parecer unas putas y las putas buscan parecer virtuosas? ¿tiene algo que ver con usted? En tal caso ¿dónde se situaría?

— Señora, las braguitas rojas que visten sus heroínas y que aparecen de forma recurrente en sus narraciones, ¿son un símbolo, una metáfora, un símil o una indisposición femenina?

— ¡¡Farsante!!

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas

miércoles

Champaña helada

¿Hay algo más divertido que dejar pistas falsas?

Tomarse una botella de champaña helada después de dejar pistas falsas tampoco está mal.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas


Perturbaciones cuánticas

Irreversibilidad de la traducción

La física, sin embargo, no enseña que (salvo en el cero absoluto, límite inaccesible) toda entidad microscópica puede sufrir perturbaciones de orden cuántico, cuya acumulación, en el seno de un sistema macroscópico, alterará la estructura, de forma gradual pero infalible.

Los seres vivos, pese a la perfección conservadora de la maquinaria que asegura la fidelidad de la traducción, no escapan a esta ley. El envejecimiento y la muerte de los organismos pluricelulares se explican, al menos en parte, por la acumulación de errores accidentales de traducción que, alterando principalmente ciertos componentes responsables de la fidelidad de la traducción, acrecientan la frecuencia de estos errores, que degradan poco a poco inexorablemente, la estructura de estos organismos.

Jacques L. Monod, El azar y la necesidad


lunes

Amargo

Estimado señor Pintado.

Me gustaría votar por la palabra amargo. ¿Cómo explicar ese sabor, ese sentimiento sin esta palabra tan intensa en español? 

Amargo, amargo, y amargura (que te encoge el alma y te embota la cabeza al nombrarla), y amargar. 

Un cordial saludo.

Rafael F. Espinoza 

Tener edad

El Gica parecía que no tenía edad.


Aún hoy no sabría decir cuántos años tenía cuando dejé de verle. Decían que era hijo de un marinero extranjero, recuerdo que tenía los ojos un punto achinados y la piel casi dorada.


En el barrio la gente le tenía aprecio, era fácil encontrarlo en el bar, en los billares o en la tapia. A veces, cuando llovía o pegaba mucho el sol, podías encontrarlo en la calle, solo, como vigilando el barrio.


Vestía bien o eso nos parecía por entonces. Olía bien, un poco raro, olía como se le veía.


Se dedicaba a las mujeres. Desde que murió su madre empezó a meterse en las casas de mujeres mayores, sobre todo. Vivía con ellas, se acostaba con ellas, las llevaba en auto al centro, o al médico o a un restaurante. Algunas trabajaban de cocineras, de asistentas o dependientas en unos almacenes. Él iba a buscarlas al laburo con un traje impecable y unas camisas blancas que ellas mismas le compraban y le planchaban.


En el barrio se oían todo tipo de comentarios maliciosos sobre el Gica y las pobres viejas a las que engañaba. No las engañaba, solo vivía de ellas hasta que alguno se cansaba, o discutían y él se buscaba otra.


Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas