miércoles

Pequeñas y bonitas

Un vecino de los que vivían el lo que llamábamos los bloques nos descubrió a Lupe y a mí robando en el súper. Lo llevábamos haciendo desde hacía semanas, robábamos pastelitos, latitas de refrescos orientales, algún perfume y laca de uñas.

Siempre cositas pequeñas y bonitas.

El vecino nos parecía horrible, era alto, desgarbado, con pelo grasiento y sólo compraba barras de pan. Nosotras evitábamos la panadería, pero él se las apañaba para seguirnos.

Yo, que siempre miraba hacia los lados antes de coger cualquier cosa, choqué con su mirada varias veces. Y me hacía sentir una sacudida muy dentro que no sé si me gustaba o me aterrorizaba o las dos cosas a la vez. Lupe no miraba nunca, llegaba, tomaba entre sus dedos el frasquito, el bolígrafo o la cajita de cerillas que desaparecían entre su ropa sin pasar por la mirada del viejo de los bloques.

Nunca nos dijo nada. A veces lo encontrábamos a la salida y se acercaba mucho a nosotras como si tuviera intención de decirnos lo que había visto, pero al final se daba la vuelta sonrojado.

Deseé la muerte de aquel tipo y me sentí entre aliviada y avergonzada cuando, años más tarde, alguien me dijo que lo encontraron muerto y solo, entre decenas de barras de pan duro, sentado en la cocina de su casa.

Nazaré Lascano

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