Crónica de un día de lluvia
Tengo una vecina que es malagueña. Tiene la cara redonda, los ojos muy grandes, el pelo de malagueña, la nariz... no sé la nariz, pero sus piernas me vuelven loco.
Siempre lleva faldita, se llama Marian o Miriam y a veces coincidimos en el ascensor, junto a los buzones, a veces comentamos algo sobre la publicidad que atasca nuestros casilleros. Siempre sonríe, siempre lleva alguna bolsa de la compra, esas bolsas verdes que no sé porqué odio profundamente; incluso cuando van pegadas a su mano derecha, una mano con la que sueño en solitario.
Miriam o Marian tiene un marido o un novio o alguien con quien vive, se llama Manolo y tiene cara de Manolo (que cada uno ponga al Manolo de su archivo personal), Manolo no es malagueño, no sé de donde es así que será de Madrid o de ningún sitio (tanto da), tiene manos grandes y cara de vigilante de patio en el cole o en la cárcel, cuando le veo siempre creo que he hecho algo mal y que va a echarme la bronca, pienso que sabe que miro a su mujer con ojos... bueno que la miro y que me va a hacer saber lo que opina sobre mis miradas sucias. Por supuesto cuando me los encuentro a los dos a la vez a penas miro a Marian, sólo les saludo con una sonrisa beatífica y me escabullo por las escaleras, sin ni siquiera esperar al ascensor.
Hace un par de días llovió mucho sobre Madrid, yo llegué a casa sobre las diez y media, empapado, después de haber tenido que andar más de la cuenta y de no encontrar un puto taxi. El portal estaba desierto, como si fuera de madrugada, y la luz amarilla me dio un mal rollo que no puedo explicar. Llamé al ascensor y como tardaba pensé en subir andando, pero al poco oí que alguien bajaba por el primer piso y decidí no encontrármelo, por suerte el ascensor llegó en ese instante y subí en el mismo momento en que una sombra cruzaba el portal desde la escalera. No me di cuenta hasta que me dispuse a salir de que alguien se había dejado una bolsa de plástico, de un supermercado en el suelo del ascensor. No supe qué hacer así que esperé a llegar a mi piso y decidí sobre la marcha... la cogí y me la llevé como el que se lleva algo que no es suyo.
Entré en casa con la bolsa como si volviera de hacer la compra, mojado, dejé la bolsa en la cocina y fui hasta el baño, me sequé, después me duché y me volví a secar, luego me puse el pijama. Olvidé por completo la bolsa. Hasta que llamaron a la puerta. Miré por la mirilla, allí, al fondo del ojo de buey, distorsionada una cara y unos ojos miraban directamente a mi ojo, era Miriam, creo que hasta me saludó por la mano y me llamó por mi nombre.
— ¡Roberto!, ¡Por favor, Roberto! Soy Mirian —o Mariam— ábreme.
Abrí, claro, en pijama, un pijama horrible con el pantalón demasiado gastado y una camiseta de rayas demasiado curvas.
— Lo siento —dijo al ver mi aspecto de preso disfrazado— ¿No estarías acostado?
— Qué va — tartamudeé— . Es que llovía y... acabo de llegar a casa, ¿quieres pasar?
Miriam pasó, llevaba un chubasquero muy fino y el pelo mojado, también llevaba un paraguas negro de la mano a juego con unas botas altas que cubrían sus piernas desnudas hasta las corvas, y una falda que debía ocultarse bajo el impermeable.
— Voy a ponerte la casa perdida... ¿Dónde puedo dejar esto?
Efectivamente, estaba chorreando, parecía que se había duchado vestida y de su paraguas no dejaba de caer agua. Le saqué un paragüero y le ayudé a quitarse el chubasquero.
— ¡Vaya chaparrón! — dijo mientras sonreía— parece que se va a acabar el mundo.
— ¿De dónde vienes?
— De la compra, ¿Qué te parece? Sólo a mí se me ocurre salir un día así.
— ¿Y Manolo?
— ¿Manolo? — Preguntó como si no lo conociera.
— Sí — dije yo dudando, esperando o deseando no haber metido la pata.— Tu pareja.
— ¡Ah, Manolo! Manolo ha tenido que irse a Galicia esta mañana.
— ¿Es gallego?
— ¿Qué?
Aquello parecía un diálogo de besugos, algo sin pies ni cabeza en medio de mi recibidor encharcado, en medio de un edificio rodeado de agua por todas partes menos por una.
— ¿Quieres una toalla?
— No, no te molestes, es que he perdido las llaves... bueno, las llaves y la bolsa de la compra. Cuando he subido me la he debido de dejar en el ascensor, me he dado cuenta al ir a abrir la puerta, pero ya lo habían llamado. He bajado enseguida, por la escalera, pero cuando he llegado abajo alguien subía... y después la bolsa ya no estaba. Oye, si tu acabas de llegar a lo mejor has visto algo, ¿has coincidido con algún vecino? ¿te has fijado si alguien llevaba una bolsa verde, de esas que uso yo?
— No — mentí como solo saben hacerlo los que viven solos— , no he visto nada, pero yo también he oído a alguien que subía, o que bajaba, no sé.
— ¡Vaya! — y ese "vaya" se me clavó en el corazón como si fuera una de esas espadas o puñales que clavan los andaluces en sus vírgenes de madera—. Si quieres, te ayudo a buscarla.
— ¿Te importa que me siente un momento?
Miriam parecía completamente desolada e hizo ademán de entrar en la cocina, yo recordé que su bolsa estaba allí, junto a una de mis blancas paredes y di un respingo como de comedia de situación.
— ¡No, por favor! pasa al salón, estarás más cómoda.
— No quiero ponerte todo perdido, mira como vengo.
Y Miriam recorrió con su mano abierta su cuerpo, desde el pecho hasta los muslos, pasando por la falda azul lluvia, corta, mínima que había surgido debajo del chubasquero empapado.
— Con que te quites el impermeable bastará.
Y me puse detrás de ella, cara a cara con su espalda e imaginé que ella, Marian, llegaba a casa, a mi casa, que también era la suya, y que yo le ayudaba a quitarse la ropa mojada y que ella se deslizaba hasta el salón apenas tocando el suelo con sus pies.
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