domingo

Un rastro de agua

Fue una noche de mucho viento. Recuerdo que llovió a última hora. Bebí mucho, en un bar se apagó la música de repente, en otro entraba la gente con la ropa empapada dejando un rastro de agua, muchos reían.

Por la mañana regresé en autobús. Confundí la parada, confundí el número del autobús y hasta confundí la dirección. Di varias vueltas por la ciudad y acabé en un distrito, en un barrio y en una calle por la que nunca había pasado. Pensé que el viento había descolocado la ciudad, que el mapa se había agitado y todo estaba fuera de sitio, de su primer sitio.

Bajé casi a tientas, como una ciega. Miré todo como si fuera una niña pequeña, me tambaleé y un hombre me sujetó. Era mayor, llevaba un maletín, olía bien y sonreía con naturalidad.

— ¿Se encuentra bien?

Deseé decirle que no, que estaba perdida, mareada, con ganas de vomitar allí mismo. Deseé que me llevara a algún sitio.

— ¿Podría ayudarme?

El hombre me miró con más detenimiento, miró su reloj de pulsera y volvió a mirarme.

— ¿Se encuentra mal?

Asentí con la cabeza una, varias veces, sentí un mareo y tuve que agarrarme a la marquesina del autobús. El hombre volvió a sujetarme.

— ¿Quiere que le pida un taxi?
— ¿Puedes llevarme a casa?
— Sí, puedo acompañarla si se encuentra mal. ¿Dónde vive?
— A tu casa, ¿puedes llevarme a tu casa, por favor?

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas



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