martes

Trepar a un árbol

El calor de la tarde veraniega ya es sofocante, pero la temperatura se dispara cuando ella entra en el baile del pueblo. Luce un mínimo vestido rosa que se adhiere a su cuerpo y se confunde con la piel, así que parece que solo llevara puesto su propio sudor, muy denso, que le confiere una cualidad resbaladiza, como de bebé o de ser anfibio. 


Es una criatura hermosísima, de una sexualidad insolente. Al principio él se limita a mirarla con expresión de cordero degollado. Pero, cuando ella se acerca, le propone bailar. Ella dispara: “¿Y qué querías que hiciéramos, trepar a un árbol?”. Se seca las manos en el vestido rosa, se acopla a él y bailan la canción lenta. Él no se cree su suerte; tampoco sabe que ella ha comenzado así su venganza.


Ianko López, sobre Verano asesino (L'été meurtrier, Jean Becker 1983)



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