Ramón disfrutó durante mucho tiempo de ir a misa.
Le gustaba tanto que durante una temporada lo hizo a diario, y por eso mismo, para no gastar ese placer, acabó asistiendo sólo los domingos, como un yonqui que se reserva su dosis para el fin de semana.
A Ramón le gustaba el olor denso del aire, las imágenes policromadas con la mirada perdida, la inmensidad de los techos y de la cúpula, la sensación de infinito y, a la vez, el contacto con la muerte que se sentía en cada rincón de la iglesia.
También le gustaban algunas de las mujeres que asistían, las pocas que aún eran jóvenes tenían algo especial, una especie de fanatismo íntimo, de virginidad doliente, de integridad pasada de moda que a Ramón le excitaba.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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