Ramón, el del regalo, solo iba a misa para pedirle cosas a Dios. Llevaba toda la vida pidiendo y, a base de pedir, conseguía ir viviendo sin necesitar demasiado.
Comenzó de muy pequeño, pidiéndole a Dios en casa, rezando arrodillado frente a una imagen de un Sagrado Corazón impresionante, pero la imagen le impresionaba tanto que olvidaba todo lo que quería pedirle y se quedaba absorto en sus ojos azules.
La Iglesia tuvo que prohibir las imágenes de Cristo con los ojos claros.
Todas las noches Ramón rezaba de forma enfervorecida, fue así como fue aprobando sus exámenes en el colegio, como consiguió regalos de sus padres, o cientos de peticiones que iban cayendo una a una hasta que, ya con veinte años cumplidos, una chica que también le había pedido a la Virgen le contó que Dios es solo un invento de los hombres sin carácter.
Ramón se convirtió en ateo por culpa de su carácter.
Desde que dejó de creer en Dios los regalos dejaron de llegar, entonces en una acción intrépida Ramón empezó a ir a misa, allí el inmenso poder de la liturgia y el contacto con la divinidad, existiera o no, era más intenso, más serio y por tanto más teatral.
Y allí, además, era más fácil pasar desapercibido.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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