La escritora colombiana era una bomba.
Era lista, ocurrente, rápida, seductora, ingeniosa, además era una mujer muy guapa.
La lástima es que no era escritora. No me sorprendió. No le sorprendió a nadie cuando se descubrió en medio de un juego que su editorial había preparado para la presentación de un libro de memorias.
Vi a mis jefes mordiéndose los nudillos. Otra ocasión perdida.
En medio de un descanso me acerqué hasta uno de ellos, se llamaba Luis Ciorán, creo, y le conté que quizás era el momento de descubrirnos nosotros también. Me echó de su lado y me dijo entre dientes que no quería volver a verme.
Mientras tanto la escritora colombiana era el centro de atención de todo el mundo. Las televisiones la entrevistaban como si fuera una actriz famosa, en realidad era un actriz de segunda que estaba viviendo su minuto de gloria.
Sus libros se agotaron en media hora, los míos regresaron a la oficina de la editorial esa misma noche, Luis Ciorán estuvo embalándolos cuando todos, incluida yo, nos habíamos ido al cóctel de despedida.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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