Llevaba siempre un chanchito al que llamaba con una especie de sonido gutural. La gente se apartaba y él sonreía. "¡Adiós triunfadores!". Fumaba constantemente, a veces recogía colillas del suelo, nunca pedía cigarrillos, aunque los aceptaba si alguien, generoso, le ofrecía uno.
El cerdito siempre era un cerdito, quiero decir que nunca crecía, y lo recuerdo demasiado tiempo para que nunca creciera, creo que nadie se planteó nunca que el cerdo no creciera. ¿Cómo lo haría? Creo que cuando el chancho adquiría un tamaño considerable lo sacrificaba y lo comía, después, de alguna forma, no sé cómo, conseguía otro. Podía imaginármelo perfectamente, comiendo y fumando después.
A todos nos llamaba triunfadores, a los cerdos y a los peatones. Si eras una mujer te decía triunfadora, y sonreía entornado los ojos, como un chino.
Nada más, cuando me fui del barrio él seguía allí, cuando volví ya no estaba, ya no había triunfadores, por más que busqué, por más que pregunté.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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