A la semana y media de que el viejo formalizara su relación con la Rubia mamá decidió caminar por las calles como si todas las puertas de todas las casas estuvieran abiertas y ella pudiera entrar en ellas sin pedir permiso.
Salía siempre con un sombrero, o con una gorra de lana que se colocaba, ladeada, mirándose en el espejo del hall. Estaba muy linda y se sentía libre, a veces se sentaba en un velador y cuando se acercaba el mesero no sabía qué pedir, entonces se ponía nerviosa y buscaba con la vista otras mesas para señalar alguna bebida siempre servida en una copa, porque mamá era de la época en la que las copas significaban algo festivo.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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