domingo

Los charcos

Me dediqué a escribir los domingos por la mañana. Solo los domingos y solo por las mañanas.
Probad a hacerlo y veréis cómo la literatura cambia hasta tal punto que no te reconoces.

Fue uno de esos domingos, de esas mañanas, cuando recuperé la imagen de la Rubia. No es que la hubiera olvidado, es que ya nunca aparecía en mis historias o entre mis dedos.

Salió de casa un domingo que llovía, ¿hay algo más impostado? Salió de su propio departamento, muy pronto, casi amaneciendo, entró a un parque, se cruzó con gente que salía a hacer deporte, con otros que venían de bailar, o de tomar, o de buscar a otra gente. No pensó en ellos, pensó en sí misma y en atravesar el parque. Se esforzó por no preocuparse por la lluvia, que era suave, pero que iba mojando su ropita corta de verano. Se esforzó por no subir los hombros, por caminar por el medio de las calles de tierra prensada, por meter los piececitos en los charcos.

El primer charco envolvió su pie derecho y la devolvió a la irrealidad, se sintió sola y contada, pensó en sí misma acostada y acompañada en su cama como burda metáfora de lo que pudo ser, pensó en que tenía frío y en cómo la entristece siempre el final del verano. 

Y miró directamente a través del papel y pudo verme, a mí, aunque solo como lectora, y a vos lector si es que estás ahí, y al romper esa ley supo que solo podía saber dónde iba si yo seguía escribiendo, escribiéndola, las mañanas de los domingos, como esta mañana.

Nazaré Lascano, Cuentos de parque Chas

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