lunes

Azul desvaído

El primer día que Lorenzo se quedó a almorzar en casa mamá preparó la mesa grande del salón, la que solo usábamos en Navidad o en algún aniversario con invitados. También usamos los platos de la vajilla buena, así la llamábamos, eran blancos, decorados con el azul desvaído de los azulejos portugueses.

Mamá me encargó la delicada misión de sacar los platos, la fuente y las copas de lo alto del armario. Lo hice con un cuidado extremo, como si fueran objetos sagrados. Fui colocando todas las piezas en una mesa demasiado grande para tres comensales y empecé a sentir una especie de pudor, de vergüenza de clase baja ante una vajilla fuera de lugar. 

Entonces, en uno de los viajes de la cocina al salón, los seis platos, tres hondos y tres vados, de la vajilla buena, se me escurrieron de entre los dedos y salieron rodando por el suelo, rebotando, dando giros imposibles como si fueran objetos de un mago o de un prestidigitador.

Mamá llegó a toda prisa y, aterrada, pudo ver cada plato en una esquina del salón. Ninguno sufrió un solo rasguño.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas

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