Odié mucho los cuentos de los pasos de peatones.
Los lectores tenían pasión por aquella estupidez en la que personajillos variados mezclaban sus vidas sobre el asfalto pintado con rayas blancas.
¿Nadie se daba cuenta de la tontería?
Vale que había algún personaje bien definido, algún encuentro con gracia o alguna frase ingeniosa. Pero la mayoría de las veces se traba de un montón de páginas disfrazadas de modestia y llenas de pomposidad.
No había visto novelista a la que le gustaran más los cruces de calles. Ella creía que esto le permitía mezclar personajes y abrir historias interminables, como el que abre una muñeca rusa.
La idea podía tener su gracia, el resultado era, sin embargo, irritante ¿por qué no ponía fin a alguna de aquellas historias? ¿no sabía o no quería?
Me pasé parte de mi tiempo de doble respondiendo a estas preguntas.
Yo envolvía la respuesta en adverbios y les hablaba de que "no quería historias con finales llenos de ecos de escritores muertos prematuramente".
Prematuramente fue una de las palabras que elegí de comodín esos días.
Y funciona. Prueben.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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