Tardé años en escribir el cuento de las manchas de sangre en la escalera.
No quería escribir el típico cuento de misterio para listos, ni de terror psicológico, ni poner una página más en aquello del misterio del cuarto encerrado.
Tampoco quería que se reconociera a nadie, ni siquiera a mí misma, como si eso fuera posible.
Por último quería escribir una historia tan bien enlazada, ten creíble a pesar de los elementos fantásticos, que finalmente no lograba escribir nada.
Leí mucho a Cortázar y al final no hacía más que copiarle.
Tenía que copiar a alguien menos bueno y, sobre todo, menos conocido.
Cuando terminé el cuento, una de sus versiones, estaba tan intranquila que llamé por teléfono a uno de los chicos que habían estado allí aquella noche. Fingió no conocerme, juró no recordar nada y ante mi insistencia me amenazó con llamar a alguien con el que seguro no querría encontrarme.
Ese alguien tiene el poder de que me flojeen las piernas y se me parta la voz.
Su imagen es la primera que viene a mi mente cuando tengo miedo, o estoy sola, o tengo miedo y estoy sola.
Aunque esté tan lejos.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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