Hay, donde vuelvas la vista, una armonía destemplada, una paz armada hasta los dientes, hay un sosiego tenso.
Ayer, al asomarte a la ventana del cuarto de baño, que da al patio, coincidiste con el joven de 12 o 13 años de la casa de enfrente. Consumido por el encierro, se llevó los dedos índice y corazón de la mano izquierda a los labios, solicitándote de ese modo un cigarrillo. Aunque hace años que no fumas, conservas en el botiquín, junto a las medicinas caducadas, un paquete de Marlboro que exhaló, al abrirlo, un suspiro de alivio. Le tiraste un par de cigarrillos envueltos en un trozo de papel higiénico junto a un tubo agonizante de pasta de dientes que proporcionó peso al conjunto.
Abandonaste luego al muchacho con su cigarrillo onanista y revisaste el mecanismo de la cisterna, que ha vuelto a gotear con la tristeza del que llora por un solo ojo.
Juan José Millás, Un ojo, El País, 24-04-2020
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