No pidas a nadie que hable de ti ni siquiera con desdén. Y si pasa el tiempo y echas de ver que tu nombre circula entre los hombres, no hagas de ello más caso que de todo lo que encuentres en sus bocas.
Piensa que se ha vuelto malo, y arrójalo. Toma otro, cualquiera, para que Dios pueda llamarte en plena noche. Y guárdalo en secreto para todos.
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