Estuve enamorada del panadero.
La frase puede parecer rotunda o imbécil, pero lo peor es que es cierta.
No hay fantasía, ocurrió, yo era una adolescente y él, bastante mayor que yo, traía el pan a casa a diario.
Yo adoraba el momento en el que la furgoneta del panadero sonaba al final de la calle. Adoraba el sonido de las banastas arrastradas por la acera y entraba en éxtasis cuando llamaba a la puerta.
También adoraba el pan que traía y que guardaba en mi armario, primero en los cajones de la ropa interior, después en lo alto del armario, más tarde por todo el cuarto.
Mamá acabó encontrando aquella colección de reliquias cocidas con harina y sal. Yo no tenía capacidad para inventar nada y le dije la verdad, pero no fue capaz de creerme, a ella también le gustaba el panadero y también se estremecía cuando le alargaba la bolsita de tela con el pan del día o cuando le daba las monedas, cada viernes en la tarde, momento en el que pagábamos la semana de pan y estremecimiento.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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