Avistamientos
Alguien puso un anuncio en el diario. Era un destacado en página impar, de lunes a viernes.
Decía que se había perdido una jovencita entre Ciudadela y San Justo. Decía cómo vestía, el color de sus cabellos y de sus ojos, su peso y su estatura, pero no decía nada de su edad. Llevaba falda roja y suéter blanco. Daba un número de teléfono y ofrecía recompensa.
Mucha plata.
En la zona comenzaron a avistarse jovencitas igual que se avistaban ballenas en el Pacífico. La gente llamaba al teléfono del anuncio, aunque las chicas no vistieran ni de rojo ni de blanco, aunque no se parecieran en nada a la descripción. Cuando realmente se parecían fue mucho peor, hubo quien metió a alguna chica en su auto y se la llevó a su casa con intención de cobrar la recompensa.

Nadie sabía quién había puesto aquel anuncio. Si se llamaba al número que figuraba en el diario saltaba una locución en la que una voz neutra, sin acento reconocible, daba una serie de instrucciones sobre qué hacer en caso de haber encontrado a aquella mujer desaparecida.
Yo también llamé. La voz decía que se protegiera a aquella joven, que no se la dejara marchar bajo ninguna circunstancia (esta frase la recalcaba), que se dejara un número de teléfono y una dirección y que se esperaran instrucciones. Dejé un número falso y una dirección falsa.
Mientras tanto los anuncios seguían apareciendo y por todo Buenos Aires se avistaban chicas en rojo y blanco.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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