miércoles

Viajeras

Cuando iba a la escuela de primaria tenía una compañera a la que le brillaban los ojos cuando hablaba de los viajes que hacía con sus viejos. Se pasaba los recreos contándonos las maravillas de Tierra de Fuego, lo increíble que es Nueva York o cómo disfrutó en las playas de Río de Janeiro.


Aquella compañera se llamaba Lorena y vivía en una casita baja, muy humilde, en la trasera del mercado donde sus padres vendían productos del campo en un puestecito hecho con maderas que desmontaban todos los días.


Lorena a veces desaparecía una semana o no se la veía durante todo el periodo de vacaciones, cuando volvía decía que había viajado a Chile por un asunto de su viejo o que habían pasado el verano visitando a sus familiares en España. 


En una ocasión, después de rechazarla amablemente durante mucho tiempo, fui a su casa. Los ojos de Lorena resplandecían cuando me enseñaba posters de la oficina de turismo con varias regiones de la Argentina que tenían pegados por todo el living. Pero la mayor sorpresa fue cuando me hizo pasar a la cocina para ver cómo la nevera estaba completamente cubierta por decenas de imanes de los lugares más recónditos. 


Ese día Lorena fue tomando los imanes uno a uno y, mostrándomelos con mucha delicadeza, me explicó historias increíbles de lugares fascinantes donde, indudablemente, no había estado.



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