lunes
Costa Rica quizás
Cuando bebía demasiado me levantaba antes de tiempo. Con la cabeza embotada y los ojos pegados me metía en la ducha.
Debajo del agua caliente, sin abrir los ojos imaginaba que estaba debajo de una cascada en un país en el que no había estado nunca, Costa Rica quizás.
Mientras caía el agua sobre mi cuerpo pensaba, como todos los bebedores sin afición que el alcohol era lo más estúpido que había inventado la humanidad, después bajaba el listón y pensaba que yo era la estúpida y que no volvería a tomar una copa.
Cuando estaba calculando lo que me había gastado el último mes en bebidas empecé a notar que, de repente, el agua se quedaba fría, di un respingo cuando de fría pasó a helada y un grito de terror cuando tras abrir al máximo el grifo de agua caliente esta recuperó la temperatura y me abrasé la espalda. En medio del pánico di varias vueltas sin orden a los grifos y finalmente salí de la ducha dando gritos, helada y abrasada a la vez.
Oí como Amparo se reía como una loca abriendo y cerrando el grifo de la cocina.
Nazaré Lascano
El ladrón
Las naranjas de la frutera llenan la oficina de un olor que aleja la pena y la incertidumbre de la guerra. También será el olor que un hombre grueso de cara picada por la viruela y ojos bovinos, al que han pillado robando esa misma mañana, asocie a partir de ese momento con la comisaría.
El gordo ha llegado escoltado por dos agentes de la Guardia de Asalto, lo han rescatado de las manos de un joyero que le había encontrado escondido en su taller a la hora de abrir el negocio.
Calafell se para a escuchar la declaración del detenido y de los dos agentes de calle.
— Si no aparecemos a tiempo el joyero le hubiera matado allí mismo.— ¿Tenía arma?— Tiene permiso, pero le estaba pegando con sus propias manos.
Calafell se fija en el gordo, en efecto tiene la cara con varias contusiones y uno de los ojos, el izquierdo, apenas puede abrirlo. El agente que le toma declaración se sonríe cuando lo ve delante de su mesa.
— ¿Qué ha pasado, amigo? ¿te pilló el joyero con las manos en la masa?— Yo no soy un ladrón.— ¿Ah no? — pregunta con sorna el agente— ¿Qué hacías entonces en casa del joyero? ¿Le estabas preparando el desayuno?— El desayuno ya me lo preparó su mujer.
En la comisaría se hizo el silencio por un instante.
— Tú eres un sinvergüenza, deja a la mujer y dinos qué hacías en la joyería.
Calafell pone la mano delante del agente e invita a hablar al detenido.
— Dinos qué quieres decir con eso.— Lo que oye señor guardia, esa noche la pasé con la señora porque el joyero se las pasa en una timba en la calle Barquillo.
El agente, delante de la máquina de escribir, ríe y manda callar al gordo.
— ¡Anda ya! No te lo crees ni tú, patán.— Déjele hablar ¡coño! — le corta Calafell— Continúe usted.— Sí señor. Verá, el joyero sale de casa todas las noches a las once y no vuelve hasta por la mañana.— Y tú haces compañía a su mujer.— Sí , señor, pero creo que eso no es delito.— ¿Hace cuánto que ocurre esto?— Desde febrero, señor.— Desde febrero son muchas noches ¿Qué pasó ésta?— Pasó que me quedé dormido y me pilló en su cama.
El grupo de agentes que se ha formado a su alrededor suelta una carcajada.
— ¿Y que hizo el marido cuando os encontró?— A su mujer le sacudió un tortazo que la sacó de la cama y a mí me arrastró hasta el taller donde tenía la pistola y me quería meter un tiro en la cabeza.— ¿Y cómo llamaste a la policía?— Llamó su mujer mientras yo trataba de evitar que me matara.— ¿Puedes demostrar todo lo que dices?— Ella no dirá nada, pero pueden ver la hostia que le ha dado en la cara y que le hizo saltar dos dientes.
Nazaré Lascano
domingo
Empatados
Cerca de mi casa hay un parque, en el parque una vereda de tierra batida por donde la gente corre a diario.
Yo los veo desde mi ventana o me los encuentro cuando salgo a la calle, a veces en el propio parque donde paseo o estoy sentada en un banco, leyendo, o mirando.
Me da vergüenza, me da una sensación de injusticia que ellos, hombres y mujeres, viejos y jóvenes, vestidos de corto, con mallas o con chándal, estén haciendo un esfuerzo enorme, estén sofocados, cansados, asfixiados mientras yo los miro (o no) descansada desde mi banquito de madera.
Podría solucionarlo saliendo yo también a correr, o marchándome de allí, o evitando de alguna manera que corran, pero no hago nada, sólo a veces me levanto y les aplaudo.
Ninguno de los que me ven entienden nada, si acaso les debo de dar vergüenza o una sensación de injusticia por pasar, cuerdos y sanos, delante de la loca del banco.
Estamos empatados.
Nazaré Lascano
El estribillo
Como en una escena inevitable de una película mala o como la letra de un estribillo en consonante, las miradas entre Saúl y yo acabaron encontrándose.
La interpretación fue vergonzosa, pero eficiente, él sonrió debajo de su bigote y yo me ruboricé y le saludé levantando con timidez la palma de mi mano.
A los cinco minutos me abordó junto a la máquina de café.
— ¿Ya tomaste café, Lascano?
Recordé por qué me parecía un ser repelente, pero aquella oportunidad no podía escaparse por culpa de la vergüenza ajena.
— Justo venía ahora ¿te apetece uno?
Sabía que ya lo había tomado, y que se había manchado de leche el bigote que yo no podía dejar de mirar, y sabía que no iba a negarse, también aquella era su oportunidad.
— Claro, me apetece mucho, mucho.
"Me apetece mucho mucho" era un frase que merecía que me marchara de allí sin decir nada, pero aguanté, aguanté que me hablara sin parar, que me contara un tostón interminable sobre su fin de semana, sobre la belleza de la música en directo y sobre los locales que tienen un mejor sonido.
Daba pena ver cómo buscaba a ciegas el camino para encontrar la puerta por la que entrar en mi vida.
Nazaré Lascano
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