Había un cuento de la Doña en la que un grupo de jóvenes burguesitos aburridos y no sé si atolondrados se dedicaban a reescribir metáforas urbanas. Disculpen la pedantería, pero la expresión no es mía.
En medio de esta iconoclastia de salón deciden, un día de sopor otoñal, dedicarse a romper la tradición de dejar libros abandonados en los parques o en las calles, esa práctica filantrópica en la que con ayuda del azar conseguimos que otros lean lo que nosotros creemos que hay que leer.
Pues bien, este grupito pseudo intelectual decide hacer lo contrario, es decir, meterse en las casas ajenas para robar un libro de las bibliotecas familiares. De esa manera, pensaban, que hurtarían a ciertas personas de la lectura de ciertos libros y su vida no sería influida por este o aquel autor.
La idea no parecía mala, si acaso arriesgada para el pobre resultado esperable, porque era probable que en la mayoría de los casos esos libros momificados en la viejas bibliotecas domésticas no fueran a ser abiertos, puede que incluso nadie los echara nunca en falta y, en el caso de que realmente impidieran que alguien los leyera, nuestro comando iconoclasta nunca sabría, al menos directamente, de las repercusiones que eso tendría en esas vidas ajenas.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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