Acusaron a la Doña y, por tanto, me acusaron a mí, de que sus/nuestros cuentos tenían exceso de personajes. "Es cierto", respondí sin inmutarme, con cierta desidia, "Es cierto, pero es la única manera que tengo/tenemos de poder matarlos sin remordimiento".
Lo del remordimiento lo puse por adornar, lo importante era tener muchos personajes para que no se acabaran, pero habar de cantidades en literatura queda mal, y responder sobre cantidades queda peor si no consigues un buen equilibrio entre la respuesta ingeniosa y el desdén.
Debí conseguirlo, al menos la gente rio, aunque siempre ríen si están juntos, en medio de un rebaño. Ocurre en el cine, en el teatro, en una clase o en un encuentro con autoras.
Ese día compartí mesa con dos otras dos autoras latinoamericanas, una de ellas me había leído y se notaba que no le gustaba nada de lo que yo hacía o decía, la otra no me había leído y parecía que quería ser mi amiga.
Una de ellas era muy gruesa, gorda quiero decir, y vivía en Madrid, la otra era alta y delgada, vestía como una azafata y acaba de llegar de Colombia, llegué a pensar que ella tampoco era quien decía, que no habían podido traer a la escritora real y que, en el último momento, habían pagado a una de las azafatas del vuelo Bogotá-Madrid. Todo era perfectamente creíble, tanto que para disimular le hicieron presentarse con su trajecito azul de azafata.
Yo solo pensaba en ellas como dos personajes más para mis/sus cuentos.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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