domingo

El rabillo del ojo

Nunca te metas con un tipo grasiento en el ascensor. Ya sabes, uno de esos tíos de piel como de periódico viejo, de esos que miran con el rabillo del ojo tu escote, o los ves en el espejo con su imaginación pegada a la comisura de tus labios.

Uno de esos tipos de mirada bovina, con el pelo churretoso, pegado al cuero cabelludo, aplastado, repeinado, con caspa quizás.

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Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas

jueves

El tiempo en la mirada

Me quedaba absorta, como tonta, viendo como se pintaba las uñas. 

Yo nunca me las había pintado, ni siquiera las de las manos, ni siquiera en mi época de querer parecerme a lo que no era.



A veces llegaba, a mediodía y en la casa había un rumor suave, esa especie de murmullo ahogado que produce el pliegue de la mañana sobre la tarde. Yo caminaba en silencio, amortiguando mis pasos, quizás para sorprenderla o quizás solo para no ensuciar ese rumor. 


Cuando llegaba al baño podía ver cómo salía por el hueco de la puerta una luz que hubiera envidiado Fra Angelico, y yo me quedaba de pie en el quicio, mirándola, en silencio sin apenas respirar, envuelta en una toalla blanca, pintándose cada uña de cada dedo del pie como si el mundo pendiese de ese instante.


Y el tiempo quedaba atrapado en ese pequeño espacio, en ese gesto, en mi mirada.


Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas 

lunes

La perennidad del fárrago

Es un error querer facilitar la tarea del lector: no lo agradece. Detesta comprender, prefiere embrollarse, atascarse, le gusta ser castigado. 

De ahí el prestigio de los autores confusos, la perennidad del fárrago.

Emile Cioran, Desgarradura

domingo

Abuso

¡Qué lástima que la «nada» se haya desvalorizado con el abuso de que ha sido objeto por parte de filósofos indignos de ella!

Emil Cioran, Desgarradura

sábado

La casita de Adela

Adela:
Vamos a dormir, vamos a dejar que se case con Angustias, ya no me importa, pero yo me iré a una casita sola donde él me verá cuando quiera, cuando le venga en gana.


Federico García Lorca, La casa de Bernarda Alba

jueves

Bogotá-Madrid

Acusaron a la Doña y, por tanto, me acusaron a mí, de que sus/nuestros cuentos tenían exceso de personajes. "Es cierto", respondí sin inmutarme, con cierta desidia, "Es cierto, pero es la única manera que tengo/tenemos de poder matarlos sin remordimiento".

Lo del remordimiento lo puse por adornar, lo importante era tener muchos personajes para que no se acabaran, pero habar de cantidades en literatura queda mal, y responder sobre cantidades queda peor si no consigues un buen equilibrio entre la respuesta ingeniosa y el desdén.

Debí conseguirlo, al menos la gente rio, aunque siempre ríen si están juntos, en medio de un rebaño. Ocurre en el cine, en el teatro, en una clase o en un encuentro con autoras.

Ese día compartí mesa con dos otras dos autoras latinoamericanas, una de ellas me había leído y se notaba que no le gustaba nada de lo que yo hacía o decía, la otra no me había leído y parecía que quería ser mi amiga. 

Una de ellas era muy gruesa, gorda quiero decir, y vivía en Madrid, la otra era alta y delgada, vestía como una azafata y acaba de llegar de Colombia, llegué a pensar que ella tampoco era quien decía, que no habían podido traer a la escritora real y que, en el último momento, habían pagado a una de las azafatas del vuelo Bogotá-Madrid. Todo era perfectamente creíble, tanto que para disimular le hicieron presentarse con su trajecito azul de azafata.

Yo solo pensaba en ellas como dos personajes más para mis/sus cuentos.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas

domingo

Escritores delincuentes

Lo que mantiene intacta la pregunta esencial, aquí no formulada, pero implícita: el porqué de la literatura, más allá de las circunstancias particulares de toda la variada tipología humana que la cultiva.

J.M. Benítez Ariza



La estación de los amores

"Patricia tenía que haber sido una de esas muchachas universitarias que se levantan temprano entre semana. Esas chicas que viven fuera de casa cuatro años y que cuando vuelven a su pueblo miran a sus amigas entre culpables y desvergonzadas.

[ … ] Si en la maraña de calles y colectivos que la llevaban hasta su facultad algún día se hubiera perdido, si algún martes hubiera llegado tarde, si, por ejemplo, hubiera perdido el 36 y subido al 37. Solo así hubiera tomado otro camino y quizás ahora sería una funcionaria de hacienda, una madre preocupada con dos hijos adolescentes y con un divorcio recién estrenado.

Hay otra Patricia viviendo en Buenos Aires a la que nadie ha empezado a olvidar. Otra mujer que acude a clases de baile con la esperanza de encontrar a alguien y que viaja en tren una vez al mes para alejarse de sí misma, como aquella otra Patricia que llegó hace años y que la espera en una estación que siempre llega."

La chica calló y me miró esperando algún comentario ingenioso, el auditorio me miraba sobrecogido tras una lectura estupenda. Los cuentos sobre muertas siempre funcionan. También las historias con trenes y estaciones.

Aguanté un silencio incómodo hasta que las respiraciones, las toses y los cuchicheos fueron espesando el ambiente.

Trataba de pensar, pero el cuento me pareció horrible, y sí, también me conmovió, pero fue solo por la lectura no por aquellas palabras cursis pegadas con cola de carpintero aguada, que colocaban pero no daban consistencia.

No tuve más remedio que ser cruel, aunque aquella chica fuera un encanto, que seguramente lo fuera.

— Gracias. Ahora entiendo por qué lo había olvidado.


Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas

miércoles

Los mejores deseos

Coincido con Roberto Grana en que siempre que he tenido ocasión me he escondido debajo de una cama, no solo para mirar o escuchar, también para permanecer quieta.

Puede decirse que he disfrutado más a lo largo de mi vida debajo que encima de las camas y que eso debe decir más de mí misma de lo que yo quisiera.

No sé cuándo empezó su afición Roberto Grana, yo comencé a hacerlo de pequeña, sobre los ocho o diez años que es cuando una persona adquiere sus mejores deseos.

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas



El sentimiento insular

¿Quién escribe este cuaderno? 


El personaje que se dibuja es alguien herido por el sentimiento insular y que medita sobre él y le busca explicaciones.


Túa Blesa