martes
Las vidas de otros
Antes que los libros, objetos raros y difíciles,
fueron los álbumes de estampas. Al principio solo eran páginas en blanco cuyos
recuadros numerados exigían las fracciones de una historia que iría formulando
el azar. La primera estampa y la última eran las más valiosas, las que más
difícilmente aparecían, y sus cifras cobraban el misterio cabalístico del Alfa
y la Omega. Venían en sobres que rasgábamos como cartas ansiadas o en las tabletas de chocolate. En estas últimas se
sumaban con delicia los olores del papel impreso y del cacao. Cada estampa
postulaba en el vacío la unidad de la historia. En su reverso leíamos unas
pocas líneas de sentido enigmático, como si fueran los únicos jirones
rescatados de un libro que se perdió. Exactamente así leemos las miradas y las
vidas de otros, fragmentos en el tiempo de un álbum que nunca nos será dado
completar.
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