Alguien me preguntó por el cuento de la muerta.
La Doña tenía tantos cuentos y tan parecidos que, a pesar de que me había estudiado el dossier, no conseguía recordarlos todos.
— ¿La muerta? Discúlpeme, tengo muchas muertas en mi armario, ¿qué muerta?
Rieron, los auditorios ríen con facilidad si eres una persona a la que creen que conocen o que admiran. Conmigo reían siempre, aunque dijera estupideces. Aquella vez no lo dije por estupidez sino por ignorancia que, aunque se parezcan, son distintas. Necesitaba tiempo, una tabla de salvación que me llevara hasta aquella muerta.
La mujer que preguntó, una chica con el cabello muy largo y vestida como una bibliotecaria de colegio mayor norteamericano, también rio y me echó una mano. Pensé un instante cómo haría para que el cabello suelto no le molestara en su trabajo, con los libros. Pensé en libros conservando sus pelos en sus páginas durante generaciones y a estudiantes de literatura buscándolos, excitados, entre citas de autores muertos.
— Lo tengo aquí mismo, subrayado, si quiere le leo el comienzo.
Me pareció un encanto, no tenía nada que perder así que se lo pedí por favor, alguien le acercó un micro y lo leyó de forma excelente. Era un cuento con demasiadas ces y ella las remarcaba con su acento español, llenando el ambiente de ces resbaladizas que contrastaban con las erres templadas de Cortázar.
Quizás solo yo pensé que aquellas erres la sujetaban al suelo, que de no ser por Cortázar se deslizaría sin poder detenerse por el piso encerado de aquel salón de actos.
Cuando al terminar la charla se acercó y me enseñó el libro comprobé que su subrayado, una fina línea de lápiz de color anaranjado era, sin duda, lo mejor de aquel cuento.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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