domingo

Recuerdos de Bahía Blanca

No fue verdad, pero he decidido creérmelo.

Años después de que le abandonara en la gasolinera me encontré a Jorge. Fue en medio de la plaza del barrio, parecía el mismo de siempre, fumaba los cigarrillos de siempre y llevaba un sombrero de fieltro. Recordé cuando compramos aquel sombrero.

Se acercó como si me esperara, a mí me dio un vuelco el corazón, me alegré de verle y, a la vez, sentí una especie de vergüenza adolescente. Me dio dos besos, como si fuéramos amigos y realmente estuviera esperándome en medio de la nada.

— ¿Dónde paras Naza? Hace tiempo que te espero.

Sonreí como si aquella frase fuera una broma, pero no lo era, al menos en su cabeza.

— ¡Jorge! ¿Qué haces por aquí?
— Te esperaba desde que te fuiste.

Se me borró la sonrisa y traté de encajar aquella escena en mi mente. Yo regresaba de casa de mis viejos y caminaba hacia el subte dando una vuelta por el barrio, hacía poco que había alquilado un departamento y escribía a todas horas, aún no había pensado en huir a España.

— ¿Cómo que me fui? Fuiste tú el que te quedaste.

Me escuché como si hubiera hablado otra persona, me dio miedo oírme como si fuera un personaje de un autor con poco aprecio por sus personajes. Por un instante no tuve duda de que era el personaje de un cuento de otra escritora. 
Jorge no parecía nada, si acaso un actor interpretándose, un actor malo porque nada de lo que hacía en su vida era creíble, tampoco ese día.

— Me quedé años esperándote en aquella gasolinera.
— ¿Cómo años? ¿Estás loco Jorge? 

Recordé la estación de servicio, pero no era un buen momento para nostalgia, era mediodía y Jorge me miraba a los ojos mientras fumaba, el sol le daba en la cara, pero el sombrero evitaba que la luz tocara sus ojos.

— ¿Recuerdas cuándo me regalaste este sombrero?

Lo recordaba, pero a esas alturas ya dudaba de todo, también de que alguna vez hubiéramos estado en aquella gasolinera, yo no era de ese tipo de mujeres que desaparece sin más. Traté de salir de allí atacando.

— ¿Estás interpretando el papel de hombre abandonado? Lo haces bastante mal.
— Fue en Bahía Blanca, lo compraste en un puestecito callejero.

No estaba dispuesta a sucumbir, si era necesario saldría de aquella escena por la calle del medio.

— Nunca hemos estado juntos en Bahía Blanca.
— ¿Te apetece ir ahora?

Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas




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