sábado
martes
Todo sucede
En realidad hace mucho que dejé de correr. No vale la pena correr. Basta con caminar al paso que más se acomode a los pies de uno y se acaba llegando a donde se iba a llegar en cualquier caso.
O quedarse quieto: últimamente me da la impresión de que son las cosas las que andan. Solo hay que esperar sentado: no fallan, porque nada falla nunca y todo sucede.
Javier Montes, La vida de hotel
domingo
Recuerdos de Bahía Blanca
Años después de que le abandonara en la gasolinera me encontré a Jorge. Fue en medio de la plaza del barrio, parecía el mismo de siempre, fumaba los cigarrillos de siempre y llevaba un sombrero de fieltro. Recordé cuando compramos aquel sombrero.
Se acercó como si me esperara, a mí me dio un vuelco el corazón, me alegré de verle y, a la vez, sentí una especie de vergüenza adolescente. Me dio dos besos, como si fuéramos amigos y realmente estuviera esperándome en medio de la nada.
— ¿Dónde paras Naza? Hace tiempo que te espero.
Sonreí como si aquella frase fuera una broma, pero no lo era, al menos en su cabeza.
— ¡Jorge! ¿Qué haces por aquí?— Te esperaba desde que te fuiste.
Se me borró la sonrisa y traté de encajar aquella escena en mi mente. Yo regresaba de casa de mis viejos y caminaba hacia el subte dando una vuelta por el barrio, hacía poco que había alquilado un departamento y escribía a todas horas, aún no había pensado en huir a España.
— ¿Cómo que me fui? Fuiste tú el que te quedaste.
Me escuché como si hubiera hablado otra persona, me dio miedo oírme como si fuera un personaje de un autor con poco aprecio por sus personajes. Por un instante no tuve duda de que era el personaje de un cuento de otra escritora. Jorge no parecía nada, si acaso un actor interpretándose, un actor malo porque nada de lo que hacía en su vida era creíble, tampoco ese día.
— Me quedé años esperándote en aquella gasolinera.— ¿Cómo años? ¿Estás loco Jorge?
Recordé la estación de servicio, pero no era un buen momento para nostalgia, era mediodía y Jorge me miraba a los ojos mientras fumaba, el sol le daba en la cara, pero el sombrero evitaba que la luz tocara sus ojos.
— ¿Recuerdas cuándo me regalaste este sombrero?
Lo recordaba, pero a esas alturas ya dudaba de todo, también de que alguna vez hubiéramos estado en aquella gasolinera, yo no era de ese tipo de mujeres que desaparece sin más. Traté de salir de allí atacando.
— ¿Estás interpretando el papel de hombre abandonado? Lo haces bastante mal.— Fue en Bahía Blanca, lo compraste en un puestecito callejero.
No estaba dispuesta a sucumbir, si era necesario saldría de aquella escena por la calle del medio.
— Nunca hemos estado juntos en Bahía Blanca.— ¿Te apetece ir ahora?
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
sábado
Un cuento resbaladizo
La Doña tenía tantos cuentos y tan parecidos que, a pesar de que me había estudiado el dossier, no conseguía recordarlos todos.
— ¿La muerta? Discúlpeme, tengo muchas muertas en mi armario, ¿qué muerta?
Rieron, los auditorios ríen con facilidad si eres una persona a la que creen que conocen o que admiran. Conmigo reían siempre, aunque dijera estupideces. Aquella vez no lo dije por estupidez sino por ignorancia que, aunque se parezcan, son distintas. Necesitaba tiempo, una tabla de salvación que me llevara hasta aquella muerta.
La mujer que preguntó, una chica con el cabello muy largo y vestida como una bibliotecaria de colegio mayor norteamericano, también rio y me echó una mano. Pensé un instante cómo haría para que el cabello suelto no le molestara en su trabajo, con los libros. Pensé en libros conservando sus pelos en sus páginas durante generaciones y a estudiantes de literatura buscándolos, excitados, entre citas de autores muertos.
— Lo tengo aquí mismo, subrayado, si quiere le leo el comienzo.
Me pareció un encanto, no tenía nada que perder así que se lo pedí por favor, alguien le acercó un micro y lo leyó de forma excelente. Era un cuento con demasiadas ces y ella las remarcaba con su acento español, llenando el ambiente de ces resbaladizas que contrastaban con las erres templadas de Cortázar.
Quizás solo yo pensé que aquellas erres la sujetaban al suelo, que de no ser por Cortázar se deslizaría sin poder detenerse por el piso encerado de aquel salón de actos.
Cuando al terminar la charla se acercó y me enseñó el libro comprobé que su subrayado, una fina línea de lápiz de color anaranjado era, sin duda, lo mejor de aquel cuento.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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jueves
Cancelar el contrato
Tras leer el primer borrador del libro en marzo de 2011, Assange dice que "las memorias son siempre prostitución" y quiere cancelar el contrato. Lo malo es que el millón de dólares que ya ha recibido se lo ha gastado en los abogados que preparan su defensa.
Bernabé Sarabia
miércoles
El tiempo en una esquina
He visto la eternidad, lo juro... pero fue solo un sueño y en la mañana había desaparecido.
Cardenal Thomas Wolsey, Los Tudor (The Tudors)
Tras un largo paseo supuse que el tiempo, que está demostrado que tiene una relación directa con el movimiento (y con la velocidad que se aplique a este), se puede transgredir en cualquier esquina de cualquier calle.
Si lo piensan bien no debería ser complicado transgredir algo que en pura esencia no existe o que solo existe en relación a otras variables objetivables.
Me apliqué a demostrar mi teoría y me dispuse a transgredir esquinas como el que transgrede leyes sociales.
El resultado fue decepcionante y a la vez lleno de esperanzas. No logré trastornar el tiempo, pero sí la vida de todos los peatones con los que conseguí chocar a lo largo de tres horas y media de demostraciones empíricas doblando esquinas con los ojos vendados y a la máxima velocidad que mis músculos y mi capacidad pulmonar me permitían.
A continuación les presento mi cuaderno de campo.
Guillem Rius, Els temps en un racó (Traducción de Severina Mateu)
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