Viajamos durante casi tres horas, quizás más. Era la primera vez que hacía un viaje en auto tan largo por España. Pensé que Carlos se había equivocado de dirección, que aquella sucesión de terrenos llanos y ocres no llevaban a ningún lugar.
Carlos se equivocaba con frecuencia, aún hoy se equivoca y me llama algunas noches creyendo que llama a su exmujer o incluso a su hija mayor.
Llegamos muy tarde. Era una casa inmensa en medio de un encinar, una dehesa la llaman. Cerca de allí se criaban cerdos ibéricos y toros bravos. Era una casa muy vieja, como si ya hubiera estado allí cuando se formó el paisaje.
Nos recibieron como si fuéramos los reyes de la fiesta. Las mujeres de la familia me rodearon y me besaron, y parecía que me conocieran desde siempre. Los hombres me miraron sonrientes y después felicitaban con la mirada a Carlos quien no paraba de dar besos y apretar manos. Sin saber cómo me encontré en medio de una cocina descomunal que parecía sacada de un restaurante. El horno estaba funcionando a pleno rendimiento, las cazuelas borboteaban, las cocineras se movían sin cesar y el olor era exquisito, varios niños correteaban vestidos de domingo.
Carlos desapareció.
Cuando comenzó el almuerzo, una de sus tías puso una bandeja repleta de jamón sobre mis manos y así hice mi entrada en el salón. Me sentaron junto a un hombre muy anciano, un hermano del abuelo de Carlos, un señor de pelo blanco y barba muy poblada que utilizaba palabras locales que yo apenas entendía. A mi izquierda estaba Jorge, el sobrino mayor, un ser extraordinario al que conocí ese día y con el que aún tengo contacto.
Yo buscaba con la mirada tratando de ver dónde habían colocado a Carlos, pero no lo veía por ninguna parte. No quise parecer una loca o, lo que es peor, una niñita asustada, y no pregunté a nadie por él.
Traté de distraerme con la comida y con el vino. Y lo conseguí, al segundo plato y la tercera copa olvidé a Carlos y me convencí de que era yo la que pertenecía a esa familia.
El viejo de mi derecha comenzaba a ser más inteligible, por todas partes se dirigían a mí por mi nombre y Jorge me hablaba con naturalidad de sus estudios en Salamanca, de los proyectos políticos de su padre (que detestaba y sigue detestando) y de su amor por una chica demasiado joven.
Al finalizar el almuerzo salimos al jardín a tomar el café y los licores. Era un espacio decadente, con sillas de hierro forjado, esculturas en arenisca y los escudos de la familia por todas partes, detrás había un laberinto de aligustre perfectamente recortado donde deduje que se había quedado Carlos.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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