Carlos sabía a Coca-Cola, así que nunca pude tomármelo en serio.
— Sabés a Cocacola.
— Pude ser, bebo mucha. ¿Te importa?
— No sé, la Cocacola es mi infancia. Y no puedo evitar que me recuerde a mi país, mi casa, a los viejos.
— ¿Y eso es malo?
— No sé.
— ¿No sabes?
— Supongo que no, pero si hice tantos kilómetros no fue para acabar volviendo a mi casa cada vez que te beso.
— Puedes besarme cuando no tome Cocacola.
— O podés dejar de tomarla.
— Por ti lo dejo todo, mi amor.
A los españoles les gustan las frases trágicas, pero Carlos siguió tomando Coca-Cola a escondidas, cuando lo hacía se enjuagaba la boca con no sé qué colutorio de menta. La menta no me recuerda a mi país, pero no la soporto. Aquello no tenía solución.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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