Pero lo mejor de todo, es la secuencia penúltima, en el automóvil: cambio de ropa en un solo plano, dentro del vehículo –recurso de Edwards para acercarse a una actriz, mil veces repetida en toda clase de circunstancias-; frase de Audry: “Para leer una carta así hay que tener los labios pintados”
; plano fijo final de cerca de cuarenta segundos, insólita detención del taxi en cuyos cristales cae agua en cantidad creciente.
Holly abre el estuche del anillo grabado, boca abierta, presencia total de una persona y anulación de todo el paso del tiempo, brote mínimo de un sentimiento, una decisión. En resumen, es este uno de los momentos más totales que ha tenido el cine.
José María Pala, crítica de Desayuno con diamantes (Breakfast at Tiffany's, 1961)
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