La señora Lombardi nunca me gustó, ella siempre se dirigía a mí de forma cariñosa, pero había algo en su tono de voz, en su mirada, en sus forma de vestir, no sé cómo explicarlo.
Su marido, sin embargo, era un encanto, saludaba siempre con amabilidad, apenas una sonrisa y los ojos limpios, abiertos, sin que emergiera ningún cadáver del fondo.
Cuando desapareció su marido, la señora Lombardi dijo a todos los vecinos que había tenido que viajar a Montevideo por un asunto familiar, una pequeña herencia de una tía que marchó a vivir a Uruguay de jovencita por un asunto un poco escabroso.
Me quedé con esa palabra grabada en mi pecho, escabroso.
Todos creyeron o hicieron como que creían a la Lombardi, todos menos Lucila y yo.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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