Julio Camba, que comparaba el adjetivo con los antibióticos –«ha ido perdiendo eficacia a medida que usaba y se abusaba de él»–, decidió confinarse los últimos años de su vida en el Hotel Palace de Madrid. Alquiló la habitación 383 en 1949 y allí murió en 1962, como un fantasma solitario que deambulaba entre sus cuatro paredes y que deslizaba su pluma sobre cuartillas tumbado en la cama con una visera verde.
«Al anochecido bajaba al 'hall' con su bastoncito. Se ponía, en invierno, cerca de la calefacción y nunca le vi pedir un agua mineral, ni leer un libro, ni ojear un periódico». Palabras de César González-Ruano escritas un año después de su muerte; un genio de la escritura que detestaba escribir y que más allá de ir a restaurantes no se le conocía pasión alguna. De ahí su único libro que no fuera una recopilación de sus artículos, su memorable ensayo gastronómico titulado 'La casa de Lúculo', y del que cuentan que lo escribió porque le pagaron por adelantado: «La cocina española está llena de ajo y de preocupaciones religiosas».
Pablo Gacía-Mancha
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