viernes

El bote de galletas

Una tarde de mayo no aguantaba más y me fui de clase. 

Lo primero que hice fue entrar en un bar y pedir un whisky con hielo. No es mal comienzo para tener dieciséis años recién cumplidos y ningún amigo irresponsable. El camarero a penas me miró, a esa edad parecía mucho mayor, ahora por suerte parezco más joven. 

Una señora mayor con un perrito cogido en brazos a modo de bebé peludo refunfuñó. Después supe que lo hacía porque alguien, la amiga con la que tomaba café todas las mañanas, acababa de sacar el premio especial en la máquina tragaperras. 

La amiga recogía las monedas como si recogiera pedazos de felicidad y el camarero le acercó un bote de plástico con restos de galletitas saladas. La mujer fue echando las monedas en el bote, la mezcla del metal con los trocitos de galleta resultaba irresistible.

Cuando pasó junto a mí, la mujer ganadora me miró con aire de campeona del mundo, me sonrió, metió la mano en el bote y me dio un puñado de monedas con trocitos minúsculos de sal. "La felicidad hay que repartirla".

Creo que ni le di las gracias. Desde ese día me escapé muchas veces de clase y visité muchos bares, incluso fui yo el que jugué a las máquinas tragaperras, seguí viendo a muchas viejas con perrito, pero no volví a encontrarme a nadie sacando monedas de botes de galletitas saladas.

Terry Salgado

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