Luis G. apartó la mirada de los billetes.
— Gracias.
Los ojos de aquella mujer le abrazaron, le rodearon y le hubieran tirado al suelo si hubieran querido.
— Pase, deprisa, no haga ruido por favor.
Luis cerró la puerta de la pensión con mucha suavidad y provocó un sonido antinatural, como un suspiro femenino con final metálico.
— Mi nombre es Joana Yurineva, le estoy muy agradecida por lo que ha hecho.
Junto al pasillo que se abre al lado del mostrador de recepción, iluminados únicamente por la luz del recibidor, se adivina la presencia de otros dos huéspedes de la pensión. Se trata de Joaquina Montes, una vendedora callejera de lotería, de entre sesenta y cinco y setenta años de edad, que ocupa desde hace una década una habitación con balcón, y Sebastián Ocampo, un autodenominado hombre de negocios que nadie sabe a qué se dedica y que lleva alojado en la pensión desde hace dos veranos.
Joana mira a todos con amabilidad, les sonríe y les saluda. Joaquina, vestida con una bata vieja se avergüenza un instante, al ver la elegancia de la mujer y después le da las buenas noches. Sebastián le hace un gesto con la barbilla, enseguida da media vuelta y se dirige a su habitación. Al poco vuelve a dar la vuelta y le habla con firmeza a Luis G.
— García, tiene que avisar a la patrona.
Luis asiente.
— Por supuesto Sebastián, váyase tranquilo.
Cuando Sebastián Ocampo se ha retirado a su habitación y todos oyen como da la vuelta a su llave, Luis G. se dirige a Joaquina.
—Señora Joaquina ¿tendría sitio en su habitación para que pase la noche la señorita? Mañana a primera hora hablaré con la patrona.
Joaquina echa un vistazo rápido a la mujer, la situación se le escapa, no entiende qué está pasando, pero a la vez siente una enorme confianza y la certeza de que tiene que hacer algo. Piensa que quizás lleve diez años vendiendo lotería y alojándose en esa casa para actuar de forma correcta en este mismo instante.
— Pase por aquí, señorita.
La mujer avanza por delante de Luis G, que siente como le roza su vestido y aspira con disimulo su olor de mujer que huye.
Nazaré Lascano, Cuentos de Parque Chas
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